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martes, 7 de febrero de 2012

Luna


La luna había contemplado la Tierra de cerca durante más tiempo que nadie. Tal vez había sido testigo de todos los fenómenos acaecidos en la Tierra, de todos los actos cometidos en ella. Sin embargo, permanecía en silencio, no los contaba. Cargaba con un voluminoso pasado, fría y certeramente. En ella, no había aire ni viento. Su vacío era idóneo para conservar intactos los recuerdos. Nadie podía abrir el corazón de la luna. ( Haruki Murakami, 1Q84)

Aquella noche la luna bajo hasta mi cintura y, encogiéndose como un globo triste, se agazapó en mi ombligo asustada de las tinieblas. Tantos años de volcar luz, inspirar a románticos y guiar a las feroces fieras de los bosques la habían dejado exhausta. Estaba ya mayor y no quería más sangre, más vampiros exaltados, devoradores de humanidad. No quería más ser cómplice de masacres, ni de trincheras empapadas de sudor, ni iluminar violaciones sobre frías alcantarillas urbanas.

Su compacta blancura lloraba, diluía su pureza en la invocación ahogada de los desnutridos. Su silencio estallaba en el vientre de las mujeres llenas y maltratadas pero tantos siglos de mirada impasible no soportaba más atrocidad.

Aquella noche la luna bajo hasta mi cintura y consumió sin prisa su amor irrepetible y galáctico. Desde entonces habita en mí como un secreto, mientras el holograma redondo que dejó en el cielo no es más que una estela de las remotas entrañas del universo. Una ilusión fragmentada, otro engaño.

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