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domingo, 9 de junio de 2013

El mundo que no quiero

Moru vive en la cárcel de llamarse inmigrante, a pesar de que respira el aire de las calles y su celda no tiene barrotes. Su prisión es el color oscuro de su piel y un permiso de residencia que tras seis años en Granada, perseguido como ilegal, le llegó por fin a casa el 25 de mayo. Una tarjeta rígida y coloreada, una fotografía de rostro de ojos profundos y un error en la parte inferior de los datos que podía haber sido un nombre senegalés mal anotado, un apellido impronunciable o un mes de nacimiento mal interpretado. Sin embargo, el despiste del funcionario pasó precisamente por escribir mal la fecha de caducidad del permiso que finalizaba días previos al momento de recibirlo. 

Moru, que se soñaba feliz con sus papeles en regla, llega hoy a visitarnos a casa abatido porque su permiso caducó tres días antes de ni siquiera tenerlo entre sus manos. De nuevo se convierte en una cifra incómoda para un país que encuentra los mejores mecanismos para "derrotar al enemigo" mientras seduce con un discurso edulcorado de igualdad y derechos para todos.

Moru no puede trabajar hasta que llegue otra vez a su buzón un nuevo sobre con papeles que lo aprueben como ciudadano aceptable y le permitan trabajar sin riesgo de ser multado o golpeado, en el peor de los casos, por los oficiales de turno. 

Encontrarlo en el sofá del salón al llegar a casa y escuchar su historia en su español quebrado me remueve tantas injusticias internas que me entran ganas de llorar a su lado. Como él recuerdo a los saharauis: Mohammed, Hamudi, los niños, las mujeres, el equipo que nos desplazamos a los campamentos con cincuenta contenedores de medicamentos que el gobierno de Argel nos bloqueo en el aeropuerto y nunca llegaron a su destino. Vienen a mi mente los españoles de mi edad que se fueron al extranjero con la esperanza de encontrar la oportunidad que España decidió no concederle tampoco a ellos, después de años invirtiendo en formación, trabajando gratis y diseñando sus sueños en papeles coloreados que sólo sirvieron para la fantasia de una papiroflexia transformada en avión o barquito.

Viene a mi mente el documental 15M de mi amigo Rakesh Narwani sobre la movilización del 15M en Málaga y la cantidad de emociones que me removió el pasado viernes cuando vi su proyección en Granada. Otro mundo es posible y juntos se puede. Les guste más o menos a algunos el movimiento 15M transciende mucho más que la queja por la queja. Más allá de la demagogia o la distorsión ideológica, este movimiento supone una prueba abrumadora de unión entre la gente, organización pacífica y lo más importante: creación de conciencia. Por primera vez en mucho tiempo la gente ha salido de su individualismo para pensar de forma colectiva, para mirar los ojos del otro y verse reflejados en ellos, para reconocerse y hablar el mismo lenguaje, para la solidaridad. Y para mí, eso es más que suficiente. Sacudir el polvo de nuestra cabeza y desactivarnos del alineamiento del sistema me parece un primer paso hacia algo, hacia otro modo de hacer las cosas. Hacia un pensamiento crítico que debe traducirse en lo cotidiano.

Vivo la crisis como todos, con varios años ya de no tener para mantenerme, de buscar uno, dos, tres y mil recursos para conseguir lo que deseo: un trabajo digno en lo que se me da bien hacer y me apasiona, y aunque continúo en el camino cada día estoy un poco más cerca. No soy ilegal, pero podría serlo. Tengo una familia y una vivienda en la que morir, si llega el caso, pero podría no tenerla; y gente a mi alrededor que sin un segundo de planteamiento previo ofrece opciones para que yo siga adelante. Esa es mi riqueza. 

La solidaridad supura en la piel de muchos, de cada vez más, y todavía me sorprenden los que nunca se estremecieron con estas realidades, los que no saben de sensibilidad. Para sentir el sentido del mundo, hay que reconocerse en el otro como a uno mismo, descubrir tu miedo en su mirada, notar escozor en tu piel, escuchar el grito ahogado del universo que nos levanta para no permitir ni una injusticia más.
Para eso es preciso levantarse del sillón, mancharse las manos de tierra, masticar la vida.

Yo quiero cambiar este mundo y quiero que tú te vengas conmigo y la única manera que se me ocurre de hacerlo, además de practicar el amor, es contar lo incontable, acallado o inoportuno. No pienso dejar de escribir.





lunes, 28 de mayo de 2012

Violencia o qué

Si con minúsculos incidentes como que te roben el móvil en el metro o tengas que someterte a los rígidos dictámenes de las compañías telefónicas, la agresividad se dispara de un modo relevante, me resulta fácil pensar en la ira y la violencia que mueve a muchos por el mundo. Los que son en definitiva, víctimas de la injusticia. Comprendo la violencia, absolutamente, y aunque no por ello la justifique como vehículo hacia ningún fin, lo más natural del mundo es que aflore cuando el ataque es evidente o incluso pase desapercibido.

Como seres de la naturaleza que somos, estamos bien capacitados para reaccionar ante el peligro de la selva, ya sea la selva un frondoso vergel silvestre, hábitat confortable de animales salvajes; ya sea una sociedad infectada de cabrones/as. Sólo difiere la forma que alberga un mismo contenido.

El sistema me somete a una vida precaria, sin oportunidades, con una violación atroz a los valores fundamentales, me ahoga, engaña y se ríe de mí en mi cara. Si ante este sutil sometimiento nuestro cuerpo no reaccionara estaríamos verdaderamente muertos. De ahí el fuerte interés por alinearnos, entretenernos y acobardarnos orientado a convertirnos en marionetas o zombies, a gusto del consumidor.

Estoy furiosa, mucho. Tanto como asombrada de que todavía la mayoría de los pensantes, tomemos aire y busquemos caminos pacíficos y conciliadores para plantear otra historia, y de conseguir que la ira que nos supura en la sangre no consiga estallar fuera, ni tampoco dentro de nosotros. Me robaron ayer el móvil, pero no es el móvil lo que me robaron, sino mi privacidad: mis fotos, contactos, teléfonos, mails... con la misma suavidad y sutileza con la que también el estado nos roba. Nadie nos dimos cuenta en tan sólo 4 paradas de metro de quién deslizó su mano en mi bolso hasta alcanzar el teléfono y alejarse tranquilamente. ¿Por qué? seguro que sobran las razones, pero ni una sola me vale.
Estoy harta de ser víctima de situaciones estúpidas como la que os describo y de otra gran retahíla imperdonable.

Pero para mí, lo más grave: la impunidad, la normalización y la banalidad. "Mujer, tampoco es para tanto, es normal que roben en el metro y por las calles. Todos los días pasa" Ah... pues entonces, nada más que hablar.

Sobre movistar escribo otro día...

https://pinterest.com/pin/253960866457393291/

domingo, 13 de mayo de 2012

Ir a Sol es de retrasado mental

Fuente: http://periodismohumano.com

Anoche Sol puso luz a las tinieblas de la noche y el cuerpo de seguridad, que da la vida para protegernos si es necesario, orden y control sobre el caos. Pero, ¿qué caos? Llegué a la manifestación "cuando cerraban" como diría mi amigo puche29, pasadas las 12.00 de la noche y el ambiente tranquilo y festivo llegó a sorprenderme. Una fila de policías se alineaba en la pared de la izquierda de la calle Carretas, según bajas desde Jacinto Benavente y otros tantos hacían lo mismo al rededor de la plaza. Quietos e impasibles nos observaban como estatuas de un jardín botánico sin el mínimo atisbo de violencia. Al menos, eso es lo que yo vi a esas horas de la noche. Un importante núcleo de gente se reunía en centro bailando al ritmo de una batukada y vitoreando alguna que otra frase pegadiza: "Vuestra crisis, no la pagamos". Poco más: más gente sentada en círculos en el suelo, charlando tranquilamente como si el áspero asfalto del pavimento se hubiese convertido en un confortable parque más. Recorrí la plaza ilusionada. Era bonito ver a tantas personas tan diferentes, a esas horas de la noche, reunidas por una misma causa, luchando y creyendo en otra sociedad posible y reivindicando justicia desde el más absoluto pacifismo. La indignación que se escuchaba, a pesar de la carga de rabia de las palabras, había pasado el filtro de la cordura y se lanzaba bajo un tono musical.

Pero sobre las 4 de la mañana, la situación dio una vuelta de campana. El grupo de policías cercó la plaza y comenzó a expulsar a la gente, no hasta las inmediaciones del recinto, si no bastante más allá. Fueron empujando hasta acorralar a la gente en la acera de la plaza Jacinto Benavente y mandarla salir en dirección Atocha o Tirso de Molina. Yo no estaba allí pero Alberto Sicilia sí y fue uno de los desalojados e innecesariamente insultados y humillados. ¿Por qué? Me indignación se multiplica y corroe hasta el infinito. ¿Con qué derecho nadie tiene el poder de provocar el llanto? 

Con este post sólo quiero difundir la historia de este chico. Unirme a su voz y contarlo, indignarme a su lado y solidarizarme con su dolor.

¡¡¡Basta ya de injusticias!!!

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