Aquel día Amelie fue Amelie para reconocerse una vez más en los espejos, en los reflejos inapreciables de la luz en los cristales, en las sombras desgastadas contra la pared. Se desbocó la vida en sus manos y como las ancianas y la lluvia, también ella lloró, pausada, contenida, con los dedos apretados en el corazón, exactamente igual que hacen los románticos en las pantallas de cine cuando verdaderamente han amado.
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lunes, 3 de diciembre de 2012
Amelie bajo la ropa
Amelie, que lee en voz alta por si alguien afuera escucha y come caramelos blanditos de azúcar acurrucada en el salón, hoy ha saltado la ventana para ver los dibujos de los charcos del parque. Aquella noche había llovido en minutos parecidos a la eternidad y las radios habían perdido su frecuencia. Las ancianas lloraban en los portales, mientras los hombres ajustaban la correa de su reloj para no perder ni un segundo más de tiempo. También ellos lloraban sin saberlo y Amelie lo sabía por las arrugas tempranas de su voz.
sábado, 14 de julio de 2012
Tiempo de sombras
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Extendió al cuerpo y reconoció a su sombra en los escaparates de todas las tiendas, que la esperaban tranquilas entretenidas en diversas tareas realizadas con descuido. Algunas hacían muecas tras los cristales riéndose de sí mismas, mientras otras se agazapaban en el suelo haciéndose las dormidas, otras leían los relatos cortos de Cortázar o enviaban mensajes por móvil a la sombra que nunca serían.
La chica sonrío sin levantar la vista, inventando una torpeza de no haberlas reconocido y cuando se dispuso a pasar de largo entre el último rumor de la lluvia, sus sombras, todas en una, reaccionaron, temerosas de perder a la sangre y la piel que les daba vida. Escaparon de un salto de los edificios hasta llegar a su dueña impacientes por el abrazo que les devolvería al color. Por la espalda la asaltaron, en la última esquina, y con un tirón de pelo la reclamaron cantando su canción favorita. La chica concluyó el juego en un giro en espiral, un gesto involuntario y preciso que ahuyentó el temor de la tormenta y derramó de nuevo la claridad sobre las baldosas.
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