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domingo, 17 de febrero de 2013

La ideología de la imaginación

Si tengo que reconocer que mi modo de pesar se parece a un anuncio de aerolíneas argentinas, no me importa asentir con la cabeza y rendirme. Y si además debo confesar mi enamoramiento por Rodrigo Noya quien supo seducirme en El sueño de Valentín hace unos cuantos años, lo haré sin ruborizarme. Si tengo un hijo alguna vez será como Valentín o Anand y en cualquier caso, espero que se parezca a su padre :P

Y vosotros, ¿sois capaces de guardar un avión en una caja de zapatos?



miércoles, 5 de diciembre de 2012

Anand, el nombre de la alegría

La alegría está en Anand como la luz está en el sol y la luna redonda acurrucada en su ombligo. La galaxia de su cuerpo de dos años revoluciona las dimensiones de quien se acerca a él y la vida se comprime entonces en un gesto al aire o una palabra pronunciada con cetas: "Zanda, que bonita erez", entonces sólo en sus ojos sabes que eres bonita.

Anand robó mi corazón en la primavera del año de la desesperanza y los vagones vacíos. En los meses de adultos intoxicados que cegados por el miedo deambulaban por los caminos en búsqueda de venganza, ajenos a la existencia de Anand y su dicha.

Contar que este niño existe es un canto a la esperanza, la espontaneidad y al amor más redondo y perfecto que nadie nunca inventó. Porque el amor así no se inventa, existe y Anand lo lleva entre sus pestañas para volcarlo en los pliegues de tu piel solo con una mirada.

Zanda, que ahora, a sus casi tres años se pronuncia Sanrra, es la parte más hermosa que en realidad Sandra tenía dentro. Las nuevas caras del prisma que me configuran quien soy y había dejado abandonadas en mi nombre. Esas otras personas que sólo Anand se atrevió a pronunciar para otorgarles la vida que les faltaba.

Soy Sandra que, de la mano de Zanda, Sanrra y cuantas personas más él quiera colorearme, sonríe ante los camiones de la basura y los coches rojos, mueve los brazos de su sombra por si de repente la de Anand se agarra de mi mano en la siguiente esquina y alza la vista a los árboles cuando el viento llega para hacerlos bailar. Porque el universo de Anand se abrazó a las espirales de mi mundo antiguo para no dejarlo morirse nunca, para recordarme, en los días tristes como los de hoy,  que dentro de mí también está la dicha y que nuestra distancia de carreteras rectas y amplias sólo necesita de un barquito de cáscara de nuez para hacerla pequeñita.

Y de nuevo los días sean posibles y los kilómetros tan sólo números de plastilina con los que sumar.




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