Amo a las mujeres desde su piel que es la mía
Gioconda Belli
Es verano en su copa de vino pero el sol de invierno hiela los cristales más antiguos de la ciudad. En sus ojos, el mar; y la lluvia tan sólo un murmullo lejano portador de recuerdos que como olas invisibles se mecen al ritmo de su corazón. Una danza extraña que palpita entre el alivio y el dolor.
La mujer se sienta hermosa sobre la valla, atenta al atardecer, serena y cuidada, inalcanzable como el amor. Junto a ella "la otra", esa figura indefinida e indefinible que escapó de una mentira para convertirse en reflejo y en verdad revelada.
Son ellas que se miran sabiendo que son las mismas y que tras su gafas guardan una historia para contar. La que fue, la que no fue, la que les narraron, la historia que creyeron, la que podría escribirse, la que se comenta, la que se calla. Protagonistas de un sueño en común comparten silencios de escarcha, mientras las estaciones bailan en su cuerpo renovando paisajes y regalando una nueva luz.
Diciembre despide un año de falsos proyectos que ya no importan a nadie, ni tampoco a las mujeres que se observan cómplices de un mismo cuento de hadas y se pronuncian sin palabras. Hay algo en el aire que las reconoce y las vuelve fuertes y completas como ciclones desbocados de amor. Nadie más falta.
