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lunes, 21 de abril de 2014

Escribir también desde el amor

Hace unos días me decían que desde la tristeza salen las obras de arte. Que el impulso que da a la inspiración convoca a las mejores musas para crear las letras más fascinantes, esas que calan el corazón.

A mí me gusta escribir desde la alegría o el entusiasmo que debería nacer con el simple hecho de vivir. De tener la oportunidad cada mañana de mirar por la ventana, aunque caiga la lluvia, cerrar los ojos y respirar con la serenidad interna que da amanecer en una de las ciudades más bonitas del mundo, con un trabajo por el que muchos llevan años luchando y unos amigos que tienden la mano si de repente das un silbidito porque se empieza a estremecer tu interior.

Llevo semanas sin escribir nada por aquí, quizás porque la tristeza no se había acomodado en ningún rincón de mi casa y hasta Pierre me lo repetía de vez en cuando, que volviera a mis ratos para escribir y disfrutara de mis espacios. He escrito poco porque el amor y la vida me han inundado hasta las mejillas desde hace casi tres meses. Porque mis espacios solo los he querido para sentir y sentir y cerrar los ojos y sentir y gritar de tanto sentimiento o pronunciar palabras al oído a quien más estoy queriendo en todo este tiempo. He secuestrado mis letras solo para una persona y en ella es donde he querido vaciarme y donde quiero seguir haciéndolo.

No abandono este blog porque sin mis palabras me volvería demasiado pequeñita, solo les he dado cierta exclusividad para compartirlas con quien realmente me roba el aliento hasta el punto de olvidarme de mi escritura.

Hoy paso de nuevo por aquí, porque como me decían, de la tristeza siempre brotan frases y lamentos, casi sin quererlo. Mi tristeza hoy tiene forma de nube fantasma, de monstruito que asusta a los niños pequeños pero al que yo miro de cerca y soplo para que se vaya, porque mi cielo es azul y es en él donde quiero quedarme, abrazada muy fuerte a Pierre, aunque haya días en los que la lluvia decida empañarnos la mirada y engañarnos el corazón.



viernes, 17 de enero de 2014

Gente bonita

Ya lo sabía, pero ellos y ellas me hacen recordarlo cada día. Esta semana especialmente, cuando cada noche he cerrado los ojos con una serena sonrisa por esa gente bonita.

Es Jose y su pato de goma junto al café en el desayuno de esta mañana. Pierre y su entusiasmo en nuestra oficina planeando proyectos comunes y sonriendo mucho. Es Carolina y su llamada inesperada cerca del trabajo. Maripi dispersa entre la alegría y cientos de papeles. Es Miguel Ángel llamándome caperucita o Joaquín frente a mi tostada regalándome trocitos de su preciado tiempo. Es mi madre con su bandeja de roscos de anís para que me lleve a casa, Almudena contagiando la risa, Gustavo inventando imágenes para vídeos promocionales, mi sobrino Pablo a ritmo de Supersubmarina. También Rita y su confianza, Marta y su complicidad sobre los océanos, David con manos abiertas de amigo, Manuela cantándome cancionesCelia y su bote de aceitunas caseras para casa, Pepe y sus regalos por entregar... y más.

La gente bonita camina por la calle en dirección al trabajo o a los sueños por los que decidió luchar. Se levanta a diario, se lava la cara, se mira al espejo con prisa pero con el minuto justo para encontrar en sus ojos un universo limpio y sincero sin el que no salir de casa. Son muchos y son más que los que se empeñan en empañar el mundo, pero se deslizan por la vida sin necesidad de hacer ruido y con el peligro de caer en el olvido. 

Para ellos mi post de hoy, porque merece la pena tener presente a esa gente bonita que te hace recordar que hasta en el gesto más minúsculo puede concentrarse todo el amor en el que jamás habríamos creído.



jueves, 19 de diciembre de 2013

Paisajes de mujer



Amo a las mujeres desde su piel que es la mía
Gioconda Belli

Es verano en su copa de vino pero el sol de invierno hiela los cristales más antiguos de la ciudad. En sus ojos, el mar; y la lluvia tan sólo un murmullo lejano portador de recuerdos que como olas invisibles se mecen al ritmo de su corazón. Una danza extraña que palpita entre el alivio y el dolor.

La mujer se sienta hermosa sobre la valla, atenta al atardecer, serena y cuidada, inalcanzable como el amor. Junto a ella "la otra", esa figura indefinida e indefinible que escapó de una mentira para convertirse en reflejo y en verdad revelada.

Son ellas que se miran sabiendo que son las mismas y que tras su gafas guardan una historia para contar. La que fue, la que no fue, la que les narraron, la historia que creyeron, la que podría escribirse, la que se comenta, la que se calla. Protagonistas de un sueño en común comparten silencios de escarcha, mientras las estaciones bailan en su cuerpo renovando paisajes y regalando una nueva luz.

Diciembre despide un año de falsos proyectos que ya no importan a nadie, ni tampoco a las mujeres que se observan cómplices de un mismo cuento de hadas y se pronuncian sin palabras. Hay algo en el aire que las reconoce y las vuelve fuertes y completas como ciclones desbocados de amor. Nadie más falta. 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Ellas

Son ellas las que siempre abrazan, les guste más o menos el ritmo de mis días, el color de mis paisajes azules que prefieren bailar bajo el sol.

Es Carolina tomando mi mano en las avenidas para sacarme lejos del peligro mientras me cuenta la cantidad de canciones de Georgina que le recuerdan a las dos y que cuando las escucha quiere mandarme pero que no siempre lo hace para no ponerme más triste. Pero me dice los títulos asociados a partes de mi vida o personas para que cuando pueda las escuche a volumen muy fuerte mientras grito o lloro, pero saco a todos los demonios fuera.

Son ellas las que siempre escuchan y entienden las espirales de mi interior. O no las entienden, pero me quieren y se inventan planes para que los giros se vuelvan saltos de alegría o saltitos en los charcos.

Es Manuela cocinando en su cocina, amando casi más que yo, lo que yo amo, y odiando, casi más que yo, lo que yo odio; sin ningún tipo de esfuerzo, con un amor espontaneo que no necesita argumentos, ni motivos, ni reproches más que una música de fondo y un plato de pasta recién cocinado.

Es Blanca que pinta mi alma con calaveras de colores que transforman el miedo en risa, el frío en calor.
Es Enka y sus manos abiertas para tirar de mí hacia cualquier espectáculo más amable que los días grises y arrugados que invaden la casa por momentos como fantasmas de humo azul.

Son ellas: Maribel, Celia, Maripi, Maite, Inma, Eva... las que saben amar y lo hacen con palabras y gestos, con horas de tiempo y amor auténtico, el que se da sin esperar nada a cambio y sin ninguna premeditación.

Un domingo cualquiera, como el de hoy, la música suena de fondo y yo pienso en ellas casi con ganas de llorar. Porque con el paso de los años, son ellas las que continúan en el camino y me hacen recordar que en mi trayecto nunca voy sola. Aunque a veces se me olvide, en realidad no conozco la verdadera soledad.

Hoy hago caso a Carolina y pongo fuerte a Georgina. Por las dos y por lo que realmente merece la pena.



jueves, 7 de noviembre de 2013

Marta, Sandra y el amor

Ocurre a menudo.

Cuando Marta se enamora, yo me desenamoro, y en el momento en que alguien vuelve a rescatar mi enamoramiento, ella se pone triste porque por algún motivo se resiente su corazón. Es nuestro baile invisible en el que giramos de la mano a cientos de kilómetros de distancia.

Me gustaría que esta vez igualáramos el ritmo y que la tristeza que se deslizaba en mi pantalla hace unos meses cuando Marta soñó con un sueño que resultó ser de mentira, desapareciera también de mi teclado ahora que la mentira es mía y casi parece de las dos. Me gustaría que nos sincronizáramos en la alegría y la fantasía que ella recupera, ilusianada de nuevo,  y nos lanza tan bien con sus canciones y su desnudez (la de dentro y la de fuera), con sus versos, sus manos limpias y su madurada inocencia.

Entonces la música sería otra más parecida al amor, a ese del que tan poco se sabe y tan pocos saben. Ese que no tiene nada que ver con lo que cuentan, ni con los manuales, ni con lo que se supone correcto de cara a la galería.

Desenamorarse duele tanto como la intensidad de enamorarse. El amor no es lo que pensamos (ni tampoco las personas), ya lo dice Deluxe en su canción, pero yo quiero creer que será mucho mejor.




jueves, 29 de agosto de 2013

Amarse para amar


Para escribir siempre hay un motivo. La tristeza parece ser una de las musas más inspiradoras y es cierto que cuando el interior tiembla deja salir de sus ranuras emociones que las palabras saben acunar muy bien. La rabia es otra emoción candidata a generar un torrente de imágenes y escenas destinadas a acoger las más abominables acciones que gracias a la escritura encuentran su espacio de expresión sin que se produzcan males mayores. El amor es otra. La gratitud también.

Cualquiera que haga un recorrido por los post de este blog descubrirá fácilmente el tono emocional de mis palabras y las experiencias que me han ido construyendo a lo largo de los años y sobre todo de los últimos meses. "Por sus letras, la conoceréis".

Un periodo de calles a oscuras, luciérnagas en el camino, bosques frondosos poblados de espectros, recorridos sin salida, espejismos y caricias huecas me han empujado (a ratos mecido) hasta una extraña época que como un viaje en el tiempo me arropa en forma de historia encantada, encantada de amor. Tan encantada que se parece a un cuento de ficción desde el que un inventor abre sus manos para reinventarme y al que es imposible decirle que no.

Descubro el amor de la forma más fantástica que jamás habría diseñado yo sola, el de encontrar a alguien que decide quererme a través del amor que se agazapa en mi propio corazón, sentándose cerca y alargando la mano para rescatarlo. Ese que late sólo para uno mismo para convertirnos en grandes, fuertes y hermosos haya quien haya delante, únicos en nuestro reflejo en el espejo. Ese que permite expandir y construir junto a otro y al que es indispensable cuidar y mimar para conseguir nutrirnos de vida. Un inventor ha llegado para definir de nuevo mis trazos, los que se perdieron en el borrador de mi vida. Llega como una apacible brisa a la que recibes con los ojos cerrados y el cuerpo desnudo y abierto. Para llenarte y nacer.


viernes, 27 de julio de 2012

Madrid


Pinterest

Algunas ciudades te hablan entre el sordo estruendo de las ambulancias y la invisible inercia de la rutina. Mencionan palabras entristecidas que se durmieron porque apenas nadie las pronunció. Te desvelan porqués antiguos de la guerra, letanías de las iglesias, algún beso que otro, fugaz, lanzado con la esperanza de que la esperanza se gire un día sorprendida y empiece a creer en ellas. Así me habla Madrid desde sus cúpulas pesadas que me divisan pequeña como una hormiga que crea caminos de arena en el sentido contrario al reloj. Un reloj que marca la una, las dos, la una, las dos y sucede los días en un calendario en forma de gotas de lluvia y tormentas atrasadas.

Amo Madrid desde antes del tiempo oscuro de los volcanes internos y las mareas de espuma en los ojos. Antes de saber que Madrid podría también amarme a través del viento tembloroso de sus parques o las expresiones vacías en el metro. Me amó sin saber exactamente cómo, igual que hice yo con la torpeza del entusiasmo infantil y la ternura de la experta inexperiencia. Ahora que me marcho de ella, que tengo que olvidar la historia imposible que soñé vivir aquí, es cierto que lloro, a cada rato, en cada calle, mientras siento que debo marcharme del lugar en el que más desee estar.

Pero no es la ciudad con su formidable color gris y blanco, con sus urgentes sirenas y su asfalto. No es sólo el matiz de la luz cuando atardece y la mediocridad se vuelve un horizonte templado en el que reposar. No es su miedo junto al mío, ni su futuro enredado en el perímetro de mi corazón. No sólo su vida y su estallido, sino la figura perfecta y cálida que fue su nombre propio. Ese Madrid deletreado en manos claras y concretas, en ojos azules de mar, en pieles tiernas y morenas, en abrazos infinitos en forma de canción. Eso y tanto otro que no acabe en las palabras y se derrama, se derrama.

Decir adiós con las manos abiertas a la vida, vaciar los bolsillos y cambiar las letras de sitio con el propósito de descubrir el único alfabeto inventado para estrenar la nueva historia de mi felicidad.  

lunes, 25 de junio de 2012

La verdad escondida en el centro del corazón

deviantart

Tal vez sea tiempo de uno, de cómodos recovecos en los que tenderse con las entrañas en las manos a mirar al cielo. Tiempo de elefantes que se alejan con su arrastrado caminar pesado hacia el claro más helado del bosque para tumbarse y morir. Días de fósiles en el suelo, de océanos comprimidos en el ombligo y tierra en el paladar. Han llegado las horas herméticas del pensamiento, de la mirada oblicua hacia el corazón y la forma que tenemos por dentro.

Tal vez la vida nos salve de abismos circulares, del miedo encalado en la pared y las máscaras de media sonrisa. Que los caminos se desdibujen y creen senderos más rectos aunque para ello haya que buscar nuevas brújulas y rehacer el equipaje. La vida nos salva a veces y nos conduce al único trazo auténtico: el que nos desvela el sonido inapreciable de nuestra identidad y nos exige reconocernos. Escucharnos, mirarnos, rescatarnos y amarnos de una vez por todas y para siempre hasta el átomo más oscuro de nuestro ser que palpita y grita desde el inicio de los tiempos. Sólo entonces vendrá el tiempo de otros, cuando uno sea uno sin egoísmo ni vanidades, sin más sentido que el valor ancestral del amor. Entonces habrá hueco.

viernes, 23 de marzo de 2012

Vivir sin piel

Fue algo cálido, templado, tal vez el pecho de mi madre o el pliegue del cuello al hombro. No lo recuerdo con nitidez pero sí la sensación de algo caliente en lo que refugiarse. Así se estremeció mi piel por primera vez, cuando el instinto de ser pequeño buscó desesperado algo a lo que aferrarse y lo salvara de lo desconocido. Algo humano a ser posible, con sangre y movimiento.

Con los años, la piel fue desapareciendo. Mis recuerdos reales, más allá de la intuición primitiva, almacenan un enorme vacío en blanco y negro con forma de objeto geométrico: un hexágono hueco, limitado y estrecho, como si se tratara de un habitaculo perfecto en el que crecí encerrada con el privilegio del contacto censurado. Un espacio donde oír, ver, hablar y no tocar. Había llegado a un mundo donde el único aprendizaje de la piel legítimo era el del sexo o la violencia; y la búsqueda de protección y ternura se había transformado en una opción implanteable para un humano que debía ser fuerte y autosuficiente.
En el proceso de hacerse grande besarse supone un paso hacia el deseo, tomarse de la mano un compromiso, y acariciar el cuerpo un irremediable gesto de lujuria.

Fue en ese punto impreciso pero cierto cuando el hombre y la mujer comenzaron a llorar en silencio con tanto cuidado y decoro que nadie apreció su lamento, su demanda de piel con piel como alimento interior.

Todavía hoy la gente disimula en los andenes del metro, en las largas colas del banco y en los restaurantes bulliciosos de un día festivo. Disimulan sin saberlo, convencidos de su felicidad, pero ocurre en todas las horas del día si decidimos mandar callar. Si nos tapamos la boca y nos encogemos en el suelo en la postura milenaria en la que durante nueve meses se gestó nuestro universo.

No importa el lugar donde estemos: en la carretera o el parque, en la esquina que dobla la avenida o la tienda de zapatos del centro. En casa en el salón o en la cama en inverno, en la ventana, el portal, en la luz roja del semáforo. Sobre la mesa de reuniones o la barra del bar. En cualquier espacio se oye si estamos atentos. Lloran los hombres, sollozan las mujeres que perdieron la piel cuando crecieron, se ahoga su cuerpo desnutrido, se descomponen las almas.

Vivir sin piel, morirse por dentro.

viernes, 24 de febrero de 2012

Un minuto de silencio por la alegría

Yo sé que la alegría no está en una pastilla azul. Ni un cubito de hielo blanco, ni en la espuma sobre los labios o  las canciones en alta definición. No está en el beso pegajoso y amargo de una noche de humo en la garganta, ni tampoco en la velocidad extrema de la ensoñación que es rosa en la madrugada y amanece en un tono gris. La alegría está plastificada, edulcorada y servida en las dosis justa para anestesiar a los humanos por si de repente les da por pensar. Nos la formulan, diseccionan y proporcionan con el cinismo y la placidez que produce saber que quien la consume se cree libre de hacerlo y se vuelve adicto a la felicidad de una vez por semana y a la soledad oscura más imperceptible.

La alegría está en otro sitio, aunque tampoco sabría deciros dónde porque la alegría, como el amor o la esperanza, son valores en desuso, actitudes casi olvidadas que se arrinconan en alguna parte del cuerpo, encogidas y arrugadas, asustadas de no saber quiénes son. Agonizantes y enajenadas. Yo no me resisto a buscarla, aunque borraran los mapas y nos intoxicaran. Aunque boicotearan nuestro intelecto y destrozaran nuestro corazón. Frágiles protestamos menos. Aniquilados, no nos podemos mover.

¿Por qué nadie llama a esta violación de conciencia y a este desahucio interno, violencia?

Por encima de todo, la alegría existe y va a tratarse tan solo de ponerse en marcha para rescatarla.


jueves, 19 de enero de 2012

Digo amor


Mi tendencia es hablar del amor. Desde que asumí la parte cursi que integra mi personalidad dejé de pelearme con ella y casi me dieron ganas de presumirlo. No tanto, pero la libertad de expresar el amor sin remordimientos ni vergüenzas dan cierto grado de tranquilidad, aunque también de incomprensión, supongo. A mí el amor me da ganas de llorar. Es como si un piloto automático interno se activara al roce más inapreciable de cariño y acto seguido se me saltaran las lágrimas. Ocurre en cualquier espacio, en el más inesperado instante, delante de cualquier sombra o autoridad. Lloro sin contenerme y casi diría que sin reparo. Es tan poco frecuente el amor, tan inapropiado últimamente, que emociona. A mí siempre me pasó con el amor individual, pero también con el colectivo, con el propio y con el ajeno, con cualquier gesto de generosidad, amparo, comprensión, empatía, deseo, amor. Siempre el amor.

Me canso del bombardeo de la crisis, el paro, las cifras en rojo, las cantidades inabarcables de deudas, de caos y angustia. Me harto de la letanía diaria de la desesperación y de la realidad en la que se cristaliza cada mañana el repetido verso en mi cabeza de Ángel González: "En este tiempo hostil propicio al odio"...
A mi me gusta el amor. Practicarlo, verlo, expresarlo, contarlo, escucharlo y reinvindicar la transparencia no de cuentas, ni tan siquiera de cuentos, sino de entrañas, orígenes, movimientos internos y genes.

Hoy sentí el amor en un correo y me dieron ganas de llorar. Me pasó en el metro y el pasajero apesadumbrado de enfrente, me miró sin saber bien que veía. Sólo me faltó aclarárselo en voz alta: "Sí, se me saltaron las lágrimas porque sentí que me quisieron. Es raro, verdad?" Pero sólo lo pensé.

También he observado que está de moda la barba. Serán cosas del nuevo siglo.



martes, 29 de noviembre de 2011

Amor neurótico

Por qué no hablar del amor entre tanto hastío en las baldosas y relámpagos en las miradas. Por qué no alejarlo de eufemismos, de vergüenzas y fortalezas muertas. Por qué no llamarlo sin más. Mirarlo de cerca sin pudor. por qué sí a la violencia, sí a la palabra quebrada, al insulto y el machete. Por qué eso sí.
Porque deliramos, nos intoxicamos placenteramente y pedimos más con los puños apretados. Más muertes atómicas, más tinieblas en la noche. Menos juegos, más mentira. Porque hay que aplastarlo. Al amor hay que aplastarlo.

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