Marta ha bailado hoy en mi salón una canción de David Bowie mientras su disparador la capturaba en cientos de fotos en rojo y negro que se revelaban de forma automática y se lanzaban por el aire, como los aviones de papel de la película de Medem.
Yo la observaba en un extremo del sofá terminando de comerme el brownie de anoche con los dedos manchados de chocolate, paciente y expectante a que terminara para contarle lo que tenía que decirle.
Marta, lejos del resplandor de los tejados de mis ventanas, lejos de Granada y de ella misma, cerraba los ojos al ritmo de la voz antigua de Bowie imaginándose ser un astronauta que flotaba en busca de Juanjito que la esperaba dibujando su cuerpo de tinta sobre un papel cuadrado y dolorosamente blanco.
Aunque ella no lo aprecia ocurre siempre que escribe desde sus entrañas y yo me pongo a leerla en alguno de los segundos que libero en mi rutina para recrear sus Dadanoias. Cuando Marta escribe tira de la compuerta espacio-temporal y cuando yo la leo se cuela por ella atraída por un vórtice de energía que solo producen algunas galaxias. Surge así en algún rincón de mi ático hasta que yo me la encuentro inesperadamente.
Recrea su danza, recita algún fragmento de sus libros favoritos, canta una canción o deja sobre la mesa alguna de sus letras bordadas para marcharse silenciosamente por el mismo agujero negro por el que llegó.
Al finalizar su baile de hoy, he decidido decirle algo, antes de su nueva partida.
Marta: viajo en marzo a Barcelona...
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martes, 18 de febrero de 2014
jueves, 7 de noviembre de 2013
Marta, Sandra y el amor
Ocurre a menudo.
Cuando Marta se enamora, yo me desenamoro, y en el momento en que alguien vuelve a rescatar mi enamoramiento, ella se pone triste porque por algún motivo se resiente su corazón. Es nuestro baile invisible en el que giramos de la mano a cientos de kilómetros de distancia.
Me gustaría que esta vez igualáramos el ritmo y que la tristeza que se deslizaba en mi pantalla hace unos meses cuando Marta soñó con un sueño que resultó ser de mentira, desapareciera también de mi teclado ahora que la mentira es mía y casi parece de las dos. Me gustaría que nos sincronizáramos en la alegría y la fantasía que ella recupera, ilusianada de nuevo, y nos lanza tan bien con sus canciones y su desnudez (la de dentro y la de fuera), con sus versos, sus manos limpias y su madurada inocencia.
Entonces la música sería otra más parecida al amor, a ese del que tan poco se sabe y tan pocos saben. Ese que no tiene nada que ver con lo que cuentan, ni con los manuales, ni con lo que se supone correcto de cara a la galería.
Desenamorarse duele tanto como la intensidad de enamorarse. El amor no es lo que pensamos (ni tampoco las personas), ya lo dice Deluxe en su canción, pero yo quiero creer que será mucho mejor.
Cuando Marta se enamora, yo me desenamoro, y en el momento en que alguien vuelve a rescatar mi enamoramiento, ella se pone triste porque por algún motivo se resiente su corazón. Es nuestro baile invisible en el que giramos de la mano a cientos de kilómetros de distancia.
Me gustaría que esta vez igualáramos el ritmo y que la tristeza que se deslizaba en mi pantalla hace unos meses cuando Marta soñó con un sueño que resultó ser de mentira, desapareciera también de mi teclado ahora que la mentira es mía y casi parece de las dos. Me gustaría que nos sincronizáramos en la alegría y la fantasía que ella recupera, ilusianada de nuevo, y nos lanza tan bien con sus canciones y su desnudez (la de dentro y la de fuera), con sus versos, sus manos limpias y su madurada inocencia.
Entonces la música sería otra más parecida al amor, a ese del que tan poco se sabe y tan pocos saben. Ese que no tiene nada que ver con lo que cuentan, ni con los manuales, ni con lo que se supone correcto de cara a la galería.
Desenamorarse duele tanto como la intensidad de enamorarse. El amor no es lo que pensamos (ni tampoco las personas), ya lo dice Deluxe en su canción, pero yo quiero creer que será mucho mejor.
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