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martes, 18 de febrero de 2014

Cómo pedir una cita de forma original para que te digan que sí

Marta ha bailado hoy en mi salón una canción de David Bowie mientras su disparador la capturaba en cientos de fotos en rojo y negro que se revelaban de forma automática y se lanzaban por el aire, como los aviones de papel de la película de Medem.

Yo la observaba en un extremo del sofá terminando de comerme el brownie de anoche con los dedos manchados de chocolate, paciente y expectante a que terminara para contarle lo que tenía que decirle. Marta, lejos del resplandor de los tejados de mis ventanas, lejos de Granada y de ella misma, cerraba los ojos al ritmo de la voz antigua de Bowie imaginándose ser un astronauta que flotaba en busca de Juanjito que la esperaba dibujando su cuerpo de tinta sobre un papel cuadrado y dolorosamente blanco.

Aunque ella no lo aprecia ocurre siempre que escribe desde sus entrañas y yo me pongo a leerla en alguno de los segundos que libero en mi rutina para recrear sus Dadanoias. Cuando Marta escribe tira de la compuerta espacio-temporal y cuando yo la leo se cuela por ella atraída por un vórtice de energía que solo producen algunas galaxias. Surge así en algún rincón de mi ático hasta que yo me la encuentro inesperadamente. Recrea su danza, recita algún fragmento de sus libros favoritos, canta una canción o deja sobre la mesa alguna de sus letras bordadas para marcharse silenciosamente por el mismo agujero negro por el que llegó.

Al finalizar su baile de hoy, he decidido decirle algo, antes de su nueva partida.
Marta: viajo en marzo a Barcelona...


jueves, 11 de abril de 2013

Ser Marta sin ser Marta

Marta me inspira un discurso políticamente incorrecto que nunca me atrevo a escribir yo. Pone palabras, imágenes y siluetas prohibidas a textos que me encandilan y en los que inevitablemente también yo me reconozco hasta hacerme dudar de si mi nombre no será también Marta.

La leo desde hace años cuando nos sumergimos a la vez en la blogosfera, yo en forma de blogger desapercibida que contaba mi día a día sin demasiado pudor, ella apuntando maneras hacia la creación de una marca personal que le ha salido de maravilla. Dadanoias es una visión del mundo femenina, sensual, artística, divertida, y tierna de la que yo continúo enganchada.

Me gusta que se atreva como si me atreviese yo. Su lado exhibicionista, su vulnerabilidad y provocación, su universo en voz alta con letras, canciones e imágenes de un cuerpo frágil y perfecto que no teme mostrar.

Marta es Marta y no es que Sandra quiera ser ella, pero cada vez que nos cruzamos por las plazas de nuestro mapa virtual se me escapa un suspiro extraño desde el que siento como si la conociera. Desde el que me gustaría acercarme a escuchar a voz que imagino cuando leo post como Never Never y me dan ganas de comprarle piruletas en forma de corazón para enviárselas en una caja sorpresa.

Hoy quería dedicar mi artículo a ella y a las formas raras de su tristeza que tantas veces se ha parecido a la mía. Arrancarle una pequeña sonrisa que le haga recordar que la pena puede ser elástica como un chicle, que acaba por no saber a nada y distraer nuestro corazón hacia recintos nuevos en los que un día nos sorprendemos respirando con la mirada puesta en un paisaje inesperado del que, sin habernos dado cuenta, ya formamos parte.

Marta vestida de Kahlo, se sienta conmigo en el banco de cualquier parque urbano por el que la gente pasa sin mirar.  Y tarareamos la canción de una vida galáctica con órbitas invisibles que nos teletransportan y nos transforman en alienígenas inconscientes y absurdos dispuestos a cambiar las leyes de la gravedad.




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