Marta ha bailado hoy en mi salón una canción de David Bowie mientras su disparador la capturaba en cientos de fotos en rojo y negro que se revelaban de forma automática y se lanzaban por el aire, como los aviones de papel de la película de Medem.
Yo la observaba en un extremo del sofá terminando de comerme el brownie de anoche con los dedos manchados de chocolate, paciente y expectante a que terminara para contarle lo que tenía que decirle.
Marta, lejos del resplandor de los tejados de mis ventanas, lejos de Granada y de ella misma, cerraba los ojos al ritmo de la voz antigua de Bowie imaginándose ser un astronauta que flotaba en busca de Juanjito que la esperaba dibujando su cuerpo de tinta sobre un papel cuadrado y dolorosamente blanco.
Aunque ella no lo aprecia ocurre siempre que escribe desde sus entrañas y yo me pongo a leerla en alguno de los segundos que libero en mi rutina para recrear sus Dadanoias. Cuando Marta escribe tira de la compuerta espacio-temporal y cuando yo la leo se cuela por ella atraída por un vórtice de energía que solo producen algunas galaxias. Surge así en algún rincón de mi ático hasta que yo me la encuentro inesperadamente.
Recrea su danza, recita algún fragmento de sus libros favoritos, canta una canción o deja sobre la mesa alguna de sus letras bordadas para marcharse silenciosamente por el mismo agujero negro por el que llegó.
Al finalizar su baile de hoy, he decidido decirle algo, antes de su nueva partida.
Marta: viajo en marzo a Barcelona...
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martes, 18 de febrero de 2014
domingo, 11 de diciembre de 2011
Granada y la ciudad mentirosa
En Granada puedes elegir las puestas de sol, su geografía irregular te permite decidir si prefieres el Norte o el Sur para despedirte del atardecer. Todavía no he visto ninguno, pero ahora sé que podré dejarme llevar por la inercia de mis pasos sin ningún tipo de temor, porque ahora sé que ya no existen las trampas, ni los engaños caprichosos impregnando cada esquina.
Ya no existe la angustia que nace de los lugares cuando al pasar por ellos la nostalgia y los recuerdos te acorralan bajo los balcones sin dejarte escapar. Han vuelto a sus refugios los depredadores invisibles que desfilaban como amenaza en la plaza de siempre, el bar de los desayunos o el restaurante japonés. Han descendido hasta las aceras las mentiras que durante años colgaron de las farolas, las que te configuran la ciudad como única y exclusiva, con una sola historia imposible de borrar.
Recorro los lugares como si los estrenara y la libertad que me ofrece la ciudad se cala hasta mis huesos haciéndome estremecer. Granada es para mí y yo para ella, sin nadie más implicado que todo lo que de ella amo y ya no causa dolor.
Ya no existe la angustia que nace de los lugares cuando al pasar por ellos la nostalgia y los recuerdos te acorralan bajo los balcones sin dejarte escapar. Han vuelto a sus refugios los depredadores invisibles que desfilaban como amenaza en la plaza de siempre, el bar de los desayunos o el restaurante japonés. Han descendido hasta las aceras las mentiras que durante años colgaron de las farolas, las que te configuran la ciudad como única y exclusiva, con una sola historia imposible de borrar.
Recorro los lugares como si los estrenara y la libertad que me ofrece la ciudad se cala hasta mis huesos haciéndome estremecer. Granada es para mí y yo para ella, sin nadie más implicado que todo lo que de ella amo y ya no causa dolor.
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