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domingo, 2 de marzo de 2014

Cuando sea vieja

Nunca pienso en la muerte.

Suelo olvidar que existe incluso cuando se aproxima de forma sigilosa con la pérdida de alguien cercano o la aparición de alguna enfermedad. Creo que mi cuerpo y mi mente desarrollaron un mecanismo interno improvisado que me salvaran de ese dolor tras la muerte de mi padre cuando yo tenía 18 años.

Sin embargo, sí he fantaseado con cómo seré cuando sea vieja y no acierto a imaginarme más allá de una extraña señora mayor despistada y torpe que se dedica a dar de comer a cientos de gatos desde su pequeña azotea en la que vivirá sola contando en el calendario los días en los que decidir morirse.

A veces pienso que la muerte no es algo que llega de ninguna manera mística, ni siquiera accidental, sino que nos morimos cuando nosotros queremos, cuando por algún motivo la vida ya nos exprimió lo suficiente y nosotros hicimos cuánto pudimos por exprimirla a ella. Marcamos el minuto exacto en el que despedirnos del mejor modo que se nos ocurre, aunque a veces nos fallen las maneras o la lucidez de no darnos cuenta que igual todavía no es el momento.

Por eso los muertos vivientes, los zombies que se arrastran por las calles o los pasillos del metro, por eso tanta vida desgarrada hacia la muerte en el momento equivocado. Tanta tristeza y gestos torpes en el aire.

Yo de mayor quiero ser una niña que a lo mejor no tiene prisa por morirse y se queda por aquí hasta ciento un años, bailando en su terraza cuando no mira nadie, hablando con los gatos y robando monedas de chocolate para comerlas de noche mientras el aire le hiela la nuca y los ojos se inundan de imágenes que jamás vivirá.

Si al final me animo a ser una viejita espero también adoptar lagartos y saltarme algunas reglas, tener uno o dos sobrinos y vecinos de mi edad que me quieran y toquen a la puerta para que les pase alguna de mis dulces monedas.



lunes, 25 de junio de 2012

La verdad escondida en el centro del corazón

deviantart

Tal vez sea tiempo de uno, de cómodos recovecos en los que tenderse con las entrañas en las manos a mirar al cielo. Tiempo de elefantes que se alejan con su arrastrado caminar pesado hacia el claro más helado del bosque para tumbarse y morir. Días de fósiles en el suelo, de océanos comprimidos en el ombligo y tierra en el paladar. Han llegado las horas herméticas del pensamiento, de la mirada oblicua hacia el corazón y la forma que tenemos por dentro.

Tal vez la vida nos salve de abismos circulares, del miedo encalado en la pared y las máscaras de media sonrisa. Que los caminos se desdibujen y creen senderos más rectos aunque para ello haya que buscar nuevas brújulas y rehacer el equipaje. La vida nos salva a veces y nos conduce al único trazo auténtico: el que nos desvela el sonido inapreciable de nuestra identidad y nos exige reconocernos. Escucharnos, mirarnos, rescatarnos y amarnos de una vez por todas y para siempre hasta el átomo más oscuro de nuestro ser que palpita y grita desde el inicio de los tiempos. Sólo entonces vendrá el tiempo de otros, cuando uno sea uno sin egoísmo ni vanidades, sin más sentido que el valor ancestral del amor. Entonces habrá hueco.

lunes, 7 de mayo de 2012

Vivir para morir


Esta foto es de ayer. Ayer domingo, cuando por Madrid por fin asomaba el buen tiempo y muchos nos lanzábamos a la calle a disfrutar de un paseo, una cerveza al sol, o la compra de algún caprichito en el rastro. En este lado del mundo donde el Mediterráneo es un gran mar templado y las orillas un borde desde el que mirar el horizonte e imaginar el fin de la crisis, es sencillo olvidar quién vivirá al otro lado, si es que vive alguien. Urgente e imprescindible olvidarnos.

La imagen es de ayer, porque fue ayer cuando el fotoperiodista Gervasio Sánchez se cruzó en mi tiempo de ocio y me ofreció el panorama devastador de la guerra y la abominables hazañas del hombre. Las activas y las pasivas. Estas niñas agonizan en un orfanato, infectadas de cólera, y poco tiempo después del relámpago de luz del flash que las inmortalizó, exhalarían su último aliento. No lo supongo yo, lo cuenta su autor en los textos que acompañan la exposición dónde esta foto se exhibía junto a otras de tremenda realidad.

Cuando viajé a los campamentos de refugiados saharauis con el fin de recoger la experiencia humanitaria de los sanitarios del hospital en el que trabajaba, la sacudida interna que sufrí me posicionó inevitablemente en el mundo de un modo diferente. Supe que si había elegido contar historias, contaría aquello que se cuenta en voz baja o que es mejor no mencionar. No podía creer que aquella gente viviera en el desierto en tales condiciones y que al mundo no le importara. No sólo al mundo, ni siquiera a los españoles cuyo pasado los unía a los saharauis como parte de su historia. ¿Pero eso dónde está? me preguntaba algunos al volver. Y yo caía en la tentación de explicar no dónde estaban ellos, sino nosotros. Porque España, Europa y los países ubicados en el primer mundo, somos la excepción. La burbuja que flota sobre el resto de los continentes con una prepotencia asumida e insoportable. Nosotros estamos aquí y somos los raros. Los normales son ellos. Los que se mueren de hambre, son víctimas de conflictos y guerras de interés económico, por cierto, provocada por nosotros. Ellos están ahí, mira, en el resto de todo el mundo: en África, Latinoamérica, los Balcanes... Son mayoría.

Estas niñas murieron de cólera. Otras tantas fueron violadas, maltratadas, vendidas. Y pasó ayer, como os digo, pero también pasa ahora. En este minuto de lectura tuyo y de contacto con el teclado mío. Si nos paramos a lo mejor se escucha el lamento, el desgarro, la tortura y la desesperación.

¿Un artículo para sentirnos culpables? Aunque suene indecoroso, tal vez sí, porque ¿somos o no culpables?

viernes, 4 de mayo de 2012

Desoñadora

https://pinterest.com/pin/247768416969686456/ 
Más allá de lo onírico, no tengo sueños. Me he convertido en víctima de una aplastante tristeza que ha ido haciendo efecto gota a gota, como un suero que alimenta las venas hasta infectarlas. El bombardeo de la crisis ha conseguido su efecto devastador y ha transmutado mi mente y mi piel en algo que jamás desee ser, o que tal vez fui siempre y nunca tuve conciencia. Se ha instalado en mí la desesperanza, la desidia y el nihilismo y aunque la responsabilidad la tiene buen número de factores de ahí fuera, he caído en la trampa de convertirme en víctima de mí misma.

Es el desempleo, la corrupción, la injusticia, el desamor y la lluvia, pero principalmente soy yo. Las dimensiones de tal tiroteo han agujereado mi hígado, mi pancreas y mi corazón y si te asomas al interior, sólo se vislumbra un humeante paisaje de guerra: el campo templado de fosas comunes y ruinas. Son tantas muertes ya las que se acumulan.

Han vencido ellos.
Y mis escombros arden en los basureros.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Produce o muere

Cinco millones de zombies deambulan por la ciudad aunque muy pocos son capaces de verlos y reconocer en ellos la agonía, la muerte goteando de sus ojos. Visten como cualquiera, caminan como el que más: suben escaleras, bajan cuestas, miran por ventanillas, pican su bonobús, sudan en el metro y se agarran fuerte a barra del vagón, a la mano cercana, a la esperanza. Son los parados en movimiento, los que perdieron el nombre y también la cabeza.

Produce o muere. Y el parado se muere, firma su sentencia en la oficina de empleo y resignado deja que lo borren de la lista sin mucha discusión. Convierten sus letras en cifra, su cuerpo en sombra y su vida en una letanía barroca, pesada, triste. El parado, tranquilo, vuelve a casa confuso, intentando pensar quién demonios es si ya no es profesor, ni arquitecto, ni abogado, ni estudiante, ni tan siquier un ciudadano más.
Extiende sus manos que se arrugan, las abre y las mira, en busca de alguna pista en la línea de la vida; en busca de algún motivo, en la línea del corazón. Se impone la línea del destino que viene a entorpecer su lectura a convencerlo de su inutilidad. Levanta los dedos al sol y los mira mientras una claridad cegadora viene a despertarlo y a revelarle su piel ya transparente, ambigua y fría.

Se inicia la transformación: ¿Quién soy? No trabajo, no produzco, no valgo, no soy.

Y se pone de nuevo el día.

domingo, 4 de marzo de 2012

Muerte después de la muerte

Han venido
invisibles como un tumor
sedientos como fieras feroces
atraídos por mi dolor
y por la nieve suspendida
en el aire de la montaña
monótona y transparente,
mentirosa.

No han descansado
hasta encontrarme
asediarme
y triturarme las entrañas




miércoles, 15 de febrero de 2012

Al otro lado de la enfermedad

La enfermedad me traspasa sin prácticamente un ápice de dolor. No la mía. Afortunadamente no sufro más que de una imperceptible anemia que casi hace cosquillas y unos pies congelados a diario fruto de la mala circulación que genéticamente he heredado. Algunas dioptrías me nublan la vista, pero nada más escandaloso que no consiga también este mundo en el que vivimos. Me refiero a la enfermedad global. Tanto aquella del sustantivo común comúnmente utilizado como la que te toca más de cerca porque la padece un familiar, un amigo, alguien a quien te une algún tipo de vinculo seguramente próximo al amor. Esa enfermedad tan general y concreta atraviesa mis órganos y mi cerebro como si de agua por un colador se tratase sin provocar más consecuencias que la nada.

Hoy es el Día del Cáncer Infantil y me he topado con infinidad de mensajes solidarios, vídeos de sensibilización, experiencias en primera persona, imágenes de niños pelones y guapos. Una marea de cariño hacia realidades ligadas a la angustia, el dolor, la incertidumbre y la muerte a las que llego desde la ternura que me produce la empatía pero también desde un organismo y corazón anestesiado. Supongo que la muerte de mi padre en mi adolescencia (aunque las causas no fueran oncológicas) creó en mi interior una especie de tejido protector ante experiencias similares. Mi anemia me recluye a la pasividad del agotamiento, mi ojos miopes vuelven invisible la realidad que se define borrosa y diluida; y mi sangre se estancan en las venas entorpeciendo mi circulación e inmovilizándome. Mi sitúo delante de las enfermedades como si me hablaran en otro idioma o escuchara psicofonías. Y desde el raciocinio, no comprendo.

Mi amigo Juan tiene cáncer, parientes cercanos de gente a la que quiero murieron recientemente por lo mismo y su sufrimiento llega hasta mí para colarse dentro y salir de forma inmediata. La enfermedad me agujereó en el pasado y ahora no sé relacionarme con ella. ¿Secuelas? ¿Miedo?

A pesar de esta especie de patología que parezco sufrir yo también, no quería pasar por alto un Día como éste, en el que miles de familias y niños pelean a diario contra la leucemia, buscan donantes de médula en las listas y esperanza en algún tipo de fe. No quería dejar de mirar esos rostros limpios y transparentes que con ojos abiertos como ventanas observan el mundo curiosos e impacientes por descubrir cada secreto que para ellos se esconde. Esas miradas puedo percibirlas, a pesar de la miopía y lo demás, sentir a través de ellas sus ganas y la energía intermitente de su expresión. La muerte no soy capaz de verla , pero la vida consigue rendirme a sus pies.


Fuente: http://www.pelonespeleones.com

miércoles, 11 de enero de 2012

Nadia

En los días en los que no pasaba nada era cuando Nadia sabía que la vida no era más que eso: un no tener que pasar nada que llegaba a absorberla como si una sombra inabarcable viniese a engullirla. Nadia no necesitaba nada en realidad. Sabia que podía pasar días enteros en casa. Tumbada, con los ojos fijos en las aspas del ventilador del techo o mirando por la ventana el pesado transcurrir de las horas, la lenta despedida del sol. No necesitaba nada ni a nadie y ni siquiera echaba de menos hablar. El vacío de sus días se había acomodado a su cuerpo y en alguna ocasión que otra la existencia del otro fuera del modo en que fuera llegaba a perturbarla hasta límites insospechados.

Pero había dias que, sin buscarlos, pasaban cosas: llamaban por teléfono, tocaban a la puerta o en su mail descubría algún mensaje personal. Entonces Nadia temblaba y bloqueada por un extraño frío polar se desplomaba en el suelo y quedaba inconsciente durante un indesciptible periodo de tiempo. El acontecer le producía una muerte súbita que la devolvía al olvido. Al mundo onírico de la nada donde únicamente podía habitar.

lunes, 2 de enero de 2012

La corta vida de una musa

 Las musas están de fiesta en otras islas habitadas por faunos, humanos, plantas carnívoras y hormigas. Han elaborado elixiles de pánico y deliran, deliran, hacen delirar. Recorren los bordes del mar y se encogen en cada ola en busca de erizos y estrellas que les guíen hasta el poeta más necesitado. Inspiran, respiran y mueren en el punto y final del verso más esperado de los que lloran su destino en las letras, de los que se enroscan como serpientes, como caracolas huecas que en algún minuto del siglo veintiuno decidieron obviar la fe.

Se alejaron las musas a islas oscuras donde parpadean en los ojos que saben mirar más allá: del horizonte, del pasado, de la ensoñación salada de los deseos. Bailan, celebran, cantan, agonizan y expiran violadas y ultrajadas por quienes depositaron en ellas el último roce de la ilusión.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Los días que no soy

Se vuelve azul, celeste para tomar un tono gris perla, pasar a blanco y volverse transparente. La piel. La mía. La que tirita bajo la ropa cuando el aliento respira como niebla y se cristaliza el lacrimal. Después la voz se vuelve remolino en la garganta que baja hasta el estómago y se desvanece en humo pálido, invisible a los ojos y a los hombres. Invisible como lo esencial, como el pánico y la ternura. Como la muerte.

Todos me ven pero no existo. Nadie se nombra mi nombre y se disfraza de mi cara para sonreír inventando motivos motivadores, motivos que devuelvan el calor al cuerpo, la voz a las palabras, el horizonte a la mirada.

Cuando me vuelvo transparente la gente cree que me mantengo, que respiro y vivo, pero inconscientes no saben que no hay nada. Algunos días tampoco yo lo sé y me creo y creo que también ellos me creen. Pero sólo es espacio que separa, un abismo infinito de reflejos, de escombros de esperanza.

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