Produce o muere. Y el parado se muere, firma su sentencia en la oficina de empleo y resignado deja que lo borren de la lista sin mucha discusión. Convierten sus letras en cifra, su cuerpo en sombra y su vida en una letanía barroca, pesada, triste. El parado, tranquilo, vuelve a casa confuso, intentando pensar quién demonios es si ya no es profesor, ni arquitecto, ni abogado, ni estudiante, ni tan siquier un ciudadano más.
Extiende sus manos que se arrugan, las abre y las mira, en busca de alguna pista en la línea de la vida; en busca de algún motivo, en la línea del corazón. Se impone la línea del destino que viene a entorpecer su lectura a convencerlo de su inutilidad. Levanta los dedos al sol y los mira mientras una claridad cegadora viene a despertarlo y a revelarle su piel ya transparente, ambigua y fría.
Se inicia la transformación: ¿Quién soy? No trabajo, no produzco, no valgo, no soy.
Y se pone de nuevo el día.