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miércoles, 11 de abril de 2012

Sube el transporte, baja la dignidad

Fuente:  http://proudofbeingstrange.deviantart.com/    
Supongo que necesitamos que al salir a la calle tranquilamente un policía nos aporreé las piernas o que al llegar a la ventanilla del banco para sacar dinero el que nos atiende nos dé un puñetazo en la boca para, tal vez así, reaccionar algo más.

Parece que la violencia sólo la entendemos en el cuerpo a cuerpo y que mientras no nos rocen ni un ápice la piel, el gobierno y el sistema puede estar dándonos por todos lados con el máximo decoro posible. Hasta de forma elegante, diría yo.

Estoy indignada. Mucho, porque además de ver cómo caen los presupuestos para la educación y la sanidad pública o cómo se multiplica el número de parados y se recorta en Cooperación al Desarrollo y en Ciencia, hoy me levanto con la noticia, de que una vez más, en menos de un año, sube el precio de transporte en Madrid a 2€:
El mayor incremento se produce en el Metrobús de 10 viajes, que pasa de 9,30 a 12 euros (un 29% más). La tarifa para llegar o salir del aeropuerto de Madrid Barajas se duplica hasta cinco euros y los abonos mensuales suben casi el 8%.
 ¿¿Pero esto qué es?? 

Asistimos a la nueva función del circo que tenemos montado con manifestaciones y huelgas dudosas que vienen a entretener a políticos de un color y de otro frente a las pantallas, mientras ellos diseñan el nuevo mapa de recortes sociales y suman los euros que lleva ahorrado el país, pero sobre todo su bolsillo. A costa de estos, no gastan aquellos. Los imagino reunidos en casa de alguno, con unas latas de cerveza y unos manises, cambiando hábilmente de canal, divertidos con las pancartas de un pueblo que la mejor manera de protestar que tiene es salir a la calle.

Que también. Salgamos a la calle, por supuesto, que menos que demostrar que no tenemos miedo. Pero me pregunto qué más necesitamos para reaccionar ante esta violencia sutil y tomadura de pelo que estamos recibiendo muy lejos del cuerpo a cuerpo, pero infinitamente más dañina.

Todavía algunos creerán el discurso de que éstas medidas son necesarias para levantar el país y de que es este sacrificio es imprescindible para rescatar a los españoles de la crisis y vivir futuros tiempos mejores.

Supongo que por eso van así las cosas, por los que tienen la excelente habilidad para convencer y por la ineptitud y desunión de los que quedan al otro lado de "al fondo a la derecha".

Esta España dividida, ni se sostiene, ni evoluciona, ni es ya creíble por nadie. Este sistema capitalista si no pide a gritos reemplazarse por otro, sí, desde luego, una renovación profunda.

Sin trabajo, ni subvenciones, ni estabilidad para el que al menos mantiene un empleo. Con el miedo inyectado en la sangre como un virus que paraliza. Con una educación y sistema sanitario cada vez más precario, valores centrados en el poder y la corrupción y una sociedad aletargada que va despertando pero que no sabe muy bien para dónde tirar, los de arriba, lo tienen todo hecho. ¿Y nosotros? a seguir esperando la bofetada, porque esto, esto no es violencia.

(Y no puedo evitar pensar en Anand, un pequeño de dos años que sí que despierta al mundo, con los ojos muy abiertos y un entusiasmo que me desborda. Qué sociedad vamos a dejarle. Por qué le tocará luchar a él.)

viernes, 24 de febrero de 2012

Un minuto de silencio por la alegría

Yo sé que la alegría no está en una pastilla azul. Ni un cubito de hielo blanco, ni en la espuma sobre los labios o  las canciones en alta definición. No está en el beso pegajoso y amargo de una noche de humo en la garganta, ni tampoco en la velocidad extrema de la ensoñación que es rosa en la madrugada y amanece en un tono gris. La alegría está plastificada, edulcorada y servida en las dosis justa para anestesiar a los humanos por si de repente les da por pensar. Nos la formulan, diseccionan y proporcionan con el cinismo y la placidez que produce saber que quien la consume se cree libre de hacerlo y se vuelve adicto a la felicidad de una vez por semana y a la soledad oscura más imperceptible.

La alegría está en otro sitio, aunque tampoco sabría deciros dónde porque la alegría, como el amor o la esperanza, son valores en desuso, actitudes casi olvidadas que se arrinconan en alguna parte del cuerpo, encogidas y arrugadas, asustadas de no saber quiénes son. Agonizantes y enajenadas. Yo no me resisto a buscarla, aunque borraran los mapas y nos intoxicaran. Aunque boicotearan nuestro intelecto y destrozaran nuestro corazón. Frágiles protestamos menos. Aniquilados, no nos podemos mover.

¿Por qué nadie llama a esta violación de conciencia y a este desahucio interno, violencia?

Por encima de todo, la alegría existe y va a tratarse tan solo de ponerse en marcha para rescatarla.


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