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sábado, 4 de agosto de 2012

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De las noches de verano me gusta escribir al volver a casa, tras un paseo que bordea farolas azules y me invita a redondear la luna con el dedo mientras juega a esconderse entre los discontinuos tejados del cielo. Cuando el aire por fin llega fresco para recordar en un baile bajo la ropa que Granada es una ciudad de invierno.

El silencioso momento de los espíritus en el que el mundo gira vertiginoso y tu caminar se vuelve lento y pausado, como una escena de cine al aire libre donde la chica se gira a cámara lenta entre el frenesí inconsciente de la vida que se precipita a su alrededor. Así hago el camino. Igual que el astronauta que explora la luna con un flotante paseo. Doy un paso y otro. Respiro mi infancia en las calles del centro, los helados del Mc Donalds, el olor a la guardería en la que jugaba a trepar montañas de neumáticos, en la luz lánguida de las ventanas del colegio, el primer beso en el portal, las melodías de los dieciocho, el tiempo. La vida asomándose a los ojos como diapositivas antiguas con Sandra niña dentro, Sandra adolescente, Sandra Universidad y un millón de Sandras que vienen a enredarse en su nuevo cuerpo y reclamar su trozo de identidad.

Así vuelvo al origen, enredada en el verano pegajoso de agosto que hiela las manos y hiere el pulmón izquierdo que protege el corazón. Con el sabor a canela del pasado y el olor a nueces de septiembre. Regreso, transparente, para dejarme querer. Para extender las raíces y elevarme como un árbol, alto e inabarcable.

jueves, 26 de enero de 2012

Tiempos de lluvia

No llueve. Han pasado semanas desde las últimas baldosas mojadas y el aire helado del invierno ni siquiera nos regala la nieve. Yo, como ellos, también espero la lluvia a pesar de masticar el sol cada mañana y desearlo de forma extravagate. El agua me devuelve al origen, a la microcoscópica vida de ser. Simplemente. Un monosílabo desapercibido, suavez y fugaz. Levanto la vista al deseo de un cielo opaco del que se desprenden los planes de quienes desaparecieron y dejaron tanto por hacer. La lluvia nos trae a los muertos que reclaman su recuerdo en la transparencia azulada de la humedad. Me pregunto qué fue de las tormentas, de las nubes quebradas y los espíritus, que guardan ya sus palabras y recogen su cuerpo en la estela rizada del infinito. Con el sol se incendiaron las promesas y los hombres huyen enloquecidos ante la esterilidad de la tierra y la sequía interna de la humanidad. Habrá un tiempo de lluvia, de música y frutos blancos. Un nuevo renacimiento.

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