Al viento hoy le ha dado igual mi tristeza, como al resto de los árboles y al mundo, que han seguido su ritmo sin percatarse de mi existencia. Casi me ha dado igual a mí también, que por un momento me he vuelto aire y hoja inquieta en las altas ramas verdes del parque.
Vivir en la nada es estar en el centro de una esfera de cristal que sólo guarda una partícula de oxígeno y respirarla una y otra vez con la magia de la eternidad que la vuelve única y completa. Dios debe parecerse a eso, a la sensación del viento. Ligero, sonoro, largo y vacío. Un remolino en el pelo cargado de templanza y paz. Inexistir en esta existencia.
No creo en Dios, pero creo que creo en algo aunque no sé muy bien cómo es: ni su forma, ni tamaño, ni siquiera funciones. Imagino que en realidad es un recurso del cerebro, que se aferra a algo ante las adversidades, la incertidumbre y el desasosiego.
Puestos a elegir, creería en las hadas pero nos han dejado tan claro que no existen que me resulta francamente difícil dirigirme a ellas como salvavidas mirando al techo con las manos cruzadas. Será por refugios... los terrenales, los místicos, los que cuentan con ambas cosas: drogas, sectas, energías y esoterismos... Será por oferta de creencias.
Pues hasta en esto me hago un lío y tanta variedad sólo me aporta más confusión.
A lo mejor el truco está en empezar por creer en uno mismo, que me parece a mi que va a ser de las religiones más complicadas.