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jueves, 9 de agosto de 2012

Equilibrios

Anoche perdí el equilibrio cuando entre rumores de campanas me concentraba en el punto fijo de las torres de la Alhambra en antiguas posturas de yoga. Un enclave único me arropaba con la fragancia del aire templado de los pinos y la esperanza de un horizonte verde. En un Carmen del Albaicín escuchaba atenta las indicaciones de una clase de yoga exclusiva que te invitaba a conectar el cuerpo con la mente, el entorno y el corazón. Tan sencillo como complejo conseguir este doloroso equilibrio.

Los ojos en los frondosos árboles que rodean las almenas árabes, la mente en las indicaciones en inglés del profesor, el corazón derritiéndose como el calor pesado de un día de verano antes de la tormenta, mis músculos resentidos y el aire abrazándome, tal vez con la compasión de quien acoge a un pájaro herido.

Las manos al cielo y el mundo rodando a mis pies. El miedo, el amor, la nostalgia, la libertad y la gratitud arrullados en mi garganta que respiraba al ritmo pausado del espíritu nuevo que ando estrenando. El equilibrio imposible me desafiaba en posturas de profunda concentración y aunque caía, volvía a intentarlo porque así me lo recitaba el mundo en letanía de ermitas y trinos, en palabras que sólo yo sabía escuchar.

El atardecer me trajo sílabas en sanscrito, suspiros y una inexplicable sensación de paz. El equilibrio es imposible hasta que encuentras el gesto justo y sutil que detiene la sangre para convertirla en savia. Entonces el mundo deja de rodar y el paso no necesita ya ser firme, porque vuelas.


miércoles, 11 de julio de 2012

Viento en la ciudad

Pinterest
Al viento hoy le ha dado igual mi tristeza, como al resto de los árboles y al mundo, que han seguido su ritmo sin percatarse de mi existencia. Casi me ha dado igual a mí también, que por un momento me he vuelto aire y hoja inquieta en las altas ramas verdes del parque.

Vivir en la nada es estar en el centro de una esfera de cristal que sólo guarda una partícula de oxígeno y respirarla una y otra vez con la magia de la eternidad que la vuelve única y completa. Dios debe parecerse a eso, a la sensación del viento. Ligero, sonoro, largo y vacío. Un remolino en el pelo cargado de templanza y paz. Inexistir en esta existencia.

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