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sábado, 18 de agosto de 2012

Días raros y pronunciados

En los días raros los tejados invierten la lluvia para devolverla al cielo y el brillo agujerado de esperanza se suspende indefinidamente sobre las antenas en una burbuja desdibujada de fe. Entonces el aire retiene las gotas para dar paso al polvo abrasador del verano que se cuela en los ojos, escuece y araña con sutileza la piel. El cuerpo vuelve a casa herido, las manos ásperas y el espíritu doblado como papiroflexia en una pajarita inerte y diminuta que se descompone en virutas de tristeza. 

En los días raros hay música que juega a despistar, a lanzar al aire preciosos recuerdos para que escojas cualquiera mientras una mano se alza al azar y la otra esconde la mirada. Tomas varios con los dedos como mentiras que se convierten en agua hasta que la canción vuelve a empezar para repetir el juego. Imágenes desnudas girando en remolino dentro de un agujero negro.

Y la gente ya es nadie, y los nadie estrellas fugaces y tú sólo un grado bajo cero que tararea en silencio.


jueves, 9 de agosto de 2012

Equilibrios

Anoche perdí el equilibrio cuando entre rumores de campanas me concentraba en el punto fijo de las torres de la Alhambra en antiguas posturas de yoga. Un enclave único me arropaba con la fragancia del aire templado de los pinos y la esperanza de un horizonte verde. En un Carmen del Albaicín escuchaba atenta las indicaciones de una clase de yoga exclusiva que te invitaba a conectar el cuerpo con la mente, el entorno y el corazón. Tan sencillo como complejo conseguir este doloroso equilibrio.

Los ojos en los frondosos árboles que rodean las almenas árabes, la mente en las indicaciones en inglés del profesor, el corazón derritiéndose como el calor pesado de un día de verano antes de la tormenta, mis músculos resentidos y el aire abrazándome, tal vez con la compasión de quien acoge a un pájaro herido.

Las manos al cielo y el mundo rodando a mis pies. El miedo, el amor, la nostalgia, la libertad y la gratitud arrullados en mi garganta que respiraba al ritmo pausado del espíritu nuevo que ando estrenando. El equilibrio imposible me desafiaba en posturas de profunda concentración y aunque caía, volvía a intentarlo porque así me lo recitaba el mundo en letanía de ermitas y trinos, en palabras que sólo yo sabía escuchar.

El atardecer me trajo sílabas en sanscrito, suspiros y una inexplicable sensación de paz. El equilibrio es imposible hasta que encuentras el gesto justo y sutil que detiene la sangre para convertirla en savia. Entonces el mundo deja de rodar y el paso no necesita ya ser firme, porque vuelas.


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