lunes, 3 de diciembre de 2012

Amelie bajo la ropa

Amelie, que lee en voz alta por si alguien afuera escucha y come caramelos blanditos de azúcar acurrucada en el salón, hoy ha saltado la ventana para ver los dibujos de los charcos del parque. Aquella noche había llovido en minutos parecidos a la eternidad y las radios habían perdido su frecuencia. Las ancianas lloraban en los portales, mientras los hombres ajustaban la correa de su reloj para no perder ni un segundo más de tiempo. También ellos lloraban sin saberlo y Amelie lo sabía por las arrugas tempranas de su voz.

Aquel día Amelie fue Amelie para reconocerse una vez más en los espejos, en los reflejos inapreciables de la luz en los cristales, en las sombras desgastadas contra la pared. Se desbocó la vida en sus manos y como las ancianas y la lluvia, también ella lloró, pausada, contenida, con los dedos apretados en el corazón, exactamente igual que hacen los románticos en las pantallas de cine cuando verdaderamente han amado.






jueves, 29 de noviembre de 2012

Biodanza o cómo llegar hasta uno mismo

13 guapas me han observado hoy en un círculo de miradas sin edad que mecían en sus pestañas el instinto más genuino de ser mujer. En los semáforos, la nieve invisible se cristalizaba en los parpadeos de la luz verde y naranja del penúltimo día de un noviembre herido de precipicios. Ajeno a nuestro acontecimiento.

13 rostros hermosos han desecho su tristeza con las manos en un baile de abuelas ancenstrales, de besos sentidos y abrazos de agua. Danzando ellas y danzando yo hemos retornado al impecable útero de nuestro origen, al pálpito invencible del amor. Porque amar es tan sencillo como un giro limpio y desnudo que envuelve, como un grito abrasador que termina por arrasar con todas las catástrofes del mundo.
Con la certeza del sol entre los labios nos hemos amado sin darnos cuenta, desde la intuición murmurada de la Naturaleza que respira oculta en las ocultas selvas del corazón.

Desterrada la palabra, el cuerpo ha inundado el espacio más allá de los espejos y el gesto correcto, de la perfección coloreada de carmín. Con pájaros en las manos, nos hemos reconocido por fin en un reencuentro de ojos cerrados hacia el epicentro de nuestro propio centro donde la libertad aletargada nos ha mostrado de nuevo el camino. Ese del que venimos pero en el que un día alguien cambió las señales de sitio.






martes, 6 de noviembre de 2012

Perder la fe



Cuando perdió la fe no supo donde mirar. Sintió ganas de bajar sus ojos al suelo hasta difuminar las baldosas en lágrimas y convertirlas en un charquito de templaza. No es que la chica hubiese dejado de creer en Dios, incluso había llegado un punto en que empezaba a invocar divinidades, se trataba de que había perdido toda credibilidad en quién hasta entonces más verdad había encerrado. Alguien humano, humanizado e idealizado, que sólo le había devuelto desesperanza.

Aquella revelación se pareció durante segundos al implacable estallido de cuervos en la noche, cuando se alejan gritando a las tinieblas en un estridente lamento forzado. Dejar de creer en quien tanto había amado le dolió más que muchas otras cosas que ya le habían destrozado, más que la condena de no mirar atrás, más que la decepción de la realidad, más que las grietas en los labios. Le dolió tanto que no supo donde mirar porque ni siquiera el suelo amparaba su llanto, ni el viento, ni el personaje mentiroso que la espiaba en la distancia como una sombra manchada de sal.

lunes, 22 de octubre de 2012

Personajes

Pinterest: Gerardo Mora
Detrás del personaje, el escenario se transforma en una caída libre de arrugas que entorpecen el corazón. Una voz enlatada, un juego de manos que sólo en el aire encuentran su espacio, un silencio, una reacción y el mundo a los pies como una marea nocturna que llega y se aleja hasta desvanecerse en la orilla infinita del otro lado del mundo.

Sobre los hombros, el conjuro invisible de la mentira de la capa y el sombrero que desnudan la realidad. Una verdad contaminada y permitida sólo bajo el resplandor del impenetrable foco. La ligereza y la contracción, el miedo, los pies temblando. El poder de quiénes nos somos ni nos atrevemos a ser. Un pozo coloreado de sombras.

En el pecho, un agujero limpio y perfecto que se deja atravesar por la luz suicida de la desnudez. Que se comprime y se agranda al ritmo de una música infantil que sólo el actor escucha, y tararea y baila, siempre en soledad. Como un ensayo de su vida, que maquilla e interpreta hasta convertirla en un cotidiano credo creíble.

Dentro del personaje, una espiral cuadrada, incompleta y diseñada para enterrar los precipicios, olvidar las montañas, volcar los océanos en botellas, y ayudar a escapar. Giros centesimales partidos hacia uno mismo, el personaje, la libertad, la vida distorsionada de lo que nunca será.

domingo, 7 de octubre de 2012

Yo, contigo



A mí me gusta la gente, aunque reconozco que no toda. Es más, creo que sólo me gusta alguna muy concreta pero cuando me gusta, me gusta de verdad. Tan de verdad que no sé si a veces me paso en el entusiasmo, si es que se puede pasar uno queriendo a alguien sin llegar a lo enfermizo.

A la vez me gusto yo misma. No me leáis mal, con esto me refiero a que me encanta la soledad y todo lo que ella me ofrece: los espacios en silencio, la reflexión, la escritura, los libros, la música, el sueño y todo cuánto estar sola te hace crecer. Sin embargo, yo sé que necesito del otro. Del amigo, el hermano, la prima, el conocido, la compañera o la persona fugaz que pasa por tu vida. 

Sola soy capaz de ver el mundo con una mirada amplia y una sonrisa contagiosa. 

Sola sé que puedo crear, inventar mis propios senderos, canturrear viejas canciones o llorar como un bebé. 

Sola existo, me miro el ombligo, levanto la vista para contar mi historia y si no tengo nadie delante el aire se convierte en un gélido hueco que tritura el sentido de mi sentido.

La anestesia del individualismo se me escurre rápidamente para recordarme que la vida sin otro escuece. Porque no quiero caer en la trampa del ir sólo a lo mío, buscar salvar mi pellejo, acumular céntimos antes que el que tengo enfrente, ladrar, morder y devorar, no quiero ir por libre. Me engancho a la libertad de ir todos a una, de reconocer en las manos del otro las mismas heridas que sentí yo en cualquier otro lugar del cuerpo. Quiero ser más de una, hasta dos, tres y un millón. Hasta la cifra quebrada que desbarate las cuentas y demuestre que en este mundo unidos giramos en la dirección correcta: en nuestra propia dirección.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El silencio: la dimensión olvidada de la comunicación

pinterest
Me gustaría poder escribir una entrada que pudiera transmitir el arte del silencio, pero ¿cómo hacer algo semejante a través de las palabras? A lo largo de una vida cimentada en las letras, la voz, la creación y la fantasía he llegado a un punto en mi vida en el que me resulta urgente sumergirme en las profundidades del silencio. ¿Para qué?, pensaréis muchos. Fundamentalmente para disfrutar, y sobre todo, aprender la magia de la escucha.

No es que hasta el momento haya hecho oídos sordos a las opiniones y realidades de ahí fuera, cerrando mi mente con llave a cualquier tipo de punto de vista distinto, pero también es cierto, por lo que vivo y por lo que observo que por alguna curiosa razón tenemos una necesidad obsesivo compulsiva de hablar, decir lo que pensamos y hacerlo en voz cada vez más alta. ¡Qué estupendo disfrutar de la libertad de expresión! vayáis a tomarme ahora como alguien que aboga la censura. 

Nada que ver con eso. Mi reflexión trasciende un poco a la perorata general que nos marcamos a través de las redes sociales, en nuestro foro más cercano o en cualquier blog como éste. Queremos decir, decir, y lanzamos las palabras con la energía de un ego que se complace en su conocimiento y la elocuencia de quien se cree un sabio. Y expulsada la primera tanda ya estamos elaborando la segunda para nuevo regocijo. Poco de escuchar al otro, pocas pausas, poco interiorizar. Si así lo hiceramos las conversaciones serían mucho más calmadas, lentas y quien sabe si aburridas. Tal proceso es tan pesado que en nuestro mundo vertiginoso no tiene cabida.

Propongo un tiempo de silencio al día, tal vez para empezar basten diez o quince minutos. (Aunque los que hacemos meditación ya disfrutamos de ese espacio) Suficientes para soltar el acelerador de nuestra vida y dejar que el paisaje de alrededor y de nuestra cabeza se ralentice y abra nuevos rincones a sonidos, imágenes y sensaciones fascinantes. Si cierras los ojos ahora y escuchas, ¿cuántas percepciones eres capaz de registrar? Eso invisible y desapercibido también es nuestra vida.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El secreto del "seguro que sí"


Pinterest
Con 20 años Paulo Cohelo se coló en mi juventud para fascinarme con sus estudiadas frases que conseguían convencerte de que “cuando deseas algo, el universo entero conspira para realizarlo”. Aquellas esotéricas máximas calaban en mi inocencia como maná que germinaba en un puñado de sueños e ilusiones. Después de El alquimista leí todos los libros que hasta la fecha había publicado y el empacho fue tal que la creencia trascendente que había despertado en aquellas primeras páginas se transformó en un humo violeta, dulce e inconsistente que sólo conseguía embriagar. Yo soñaba y el universo no conspiraba en absoluto para mí.

Dejé de creer entonces en entidades extrañas que te ayudan y protegen desde no se sabe muy bien donde, único resquicio de fe que me quedaba, después de olvidarme también de Dios en la adolescencia. En los últimos años he deseado y soñado más que nunca, casi diría que más que cuando era niña pero con una dosis de entusiasmo muy por debajo de lo requerido. Desear es saltar, entusiasmarse, cerrar los ojos con fuerza y concentrarse en lo que uno quiere y sobre todo tener la certeza de que es posible. ¿Quién es capaza de soñar con algo y a la vez estar convencido de que lo conseguirá? Ufff… prácticamente nadie.

Desde que una amiga me habló de confiar en la vida y otra de practicar el “seguro que sí”, he invertido la energía de mi propio universo. Cuando descubres que uno tiene mucho que ver con las cosas que vive, el poder que se experimenta es indescriptible, como también el miedo. Imagina que te convenzo y te das cuenta de que “seguro que sí” puedes alcanzar lo que anhelas. Entonces ocurrirá un interrogante mucho mayor… ¿qué quiero realmente? Y con esta cuestión, se abriría un extenso capítulo nuevo.

Esta semana tengo una infinidad de pruebas de que se han cumplido un buen número de deseos bien fórmulados. Las dos personas que han estado a mi lado pueden dar testimonio. ¿Qué tal si nos sentamos a pensar qué deseamos realmente? Seguro que tardamos un buen rato en desvelarlo.

Os animo a experimentar la magia de vivir una vida que te va ofreciendo aquello que vas deseando. Cuándo, cómo y dónde es el gran misterio, pero éste es un enigma posible de descifrar en el que de repente nos convertimos en protagonistas. ¿Seremos capaces de ser fácilmente felices? Seguro que sí.

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