miércoles, 5 de diciembre de 2012

Anand, el nombre de la alegría

La alegría está en Anand como la luz está en el sol y la luna redonda acurrucada en su ombligo. La galaxia de su cuerpo de dos años revoluciona las dimensiones de quien se acerca a él y la vida se comprime entonces en un gesto al aire o una palabra pronunciada con cetas: "Zanda, que bonita erez", entonces sólo en sus ojos sabes que eres bonita.

Anand robó mi corazón en la primavera del año de la desesperanza y los vagones vacíos. En los meses de adultos intoxicados que cegados por el miedo deambulaban por los caminos en búsqueda de venganza, ajenos a la existencia de Anand y su dicha.

Contar que este niño existe es un canto a la esperanza, la espontaneidad y al amor más redondo y perfecto que nadie nunca inventó. Porque el amor así no se inventa, existe y Anand lo lleva entre sus pestañas para volcarlo en los pliegues de tu piel solo con una mirada.

Zanda, que ahora, a sus casi tres años se pronuncia Sanrra, es la parte más hermosa que en realidad Sandra tenía dentro. Las nuevas caras del prisma que me configuran quien soy y había dejado abandonadas en mi nombre. Esas otras personas que sólo Anand se atrevió a pronunciar para otorgarles la vida que les faltaba.

Soy Sandra que, de la mano de Zanda, Sanrra y cuantas personas más él quiera colorearme, sonríe ante los camiones de la basura y los coches rojos, mueve los brazos de su sombra por si de repente la de Anand se agarra de mi mano en la siguiente esquina y alza la vista a los árboles cuando el viento llega para hacerlos bailar. Porque el universo de Anand se abrazó a las espirales de mi mundo antiguo para no dejarlo morirse nunca, para recordarme, en los días tristes como los de hoy,  que dentro de mí también está la dicha y que nuestra distancia de carreteras rectas y amplias sólo necesita de un barquito de cáscara de nuez para hacerla pequeñita.

Y de nuevo los días sean posibles y los kilómetros tan sólo números de plastilina con los que sumar.




lunes, 3 de diciembre de 2012

Amelie bajo la ropa

Amelie, que lee en voz alta por si alguien afuera escucha y come caramelos blanditos de azúcar acurrucada en el salón, hoy ha saltado la ventana para ver los dibujos de los charcos del parque. Aquella noche había llovido en minutos parecidos a la eternidad y las radios habían perdido su frecuencia. Las ancianas lloraban en los portales, mientras los hombres ajustaban la correa de su reloj para no perder ni un segundo más de tiempo. También ellos lloraban sin saberlo y Amelie lo sabía por las arrugas tempranas de su voz.

Aquel día Amelie fue Amelie para reconocerse una vez más en los espejos, en los reflejos inapreciables de la luz en los cristales, en las sombras desgastadas contra la pared. Se desbocó la vida en sus manos y como las ancianas y la lluvia, también ella lloró, pausada, contenida, con los dedos apretados en el corazón, exactamente igual que hacen los románticos en las pantallas de cine cuando verdaderamente han amado.






jueves, 29 de noviembre de 2012

Biodanza o cómo llegar hasta uno mismo

13 guapas me han observado hoy en un círculo de miradas sin edad que mecían en sus pestañas el instinto más genuino de ser mujer. En los semáforos, la nieve invisible se cristalizaba en los parpadeos de la luz verde y naranja del penúltimo día de un noviembre herido de precipicios. Ajeno a nuestro acontecimiento.

13 rostros hermosos han desecho su tristeza con las manos en un baile de abuelas ancenstrales, de besos sentidos y abrazos de agua. Danzando ellas y danzando yo hemos retornado al impecable útero de nuestro origen, al pálpito invencible del amor. Porque amar es tan sencillo como un giro limpio y desnudo que envuelve, como un grito abrasador que termina por arrasar con todas las catástrofes del mundo.
Con la certeza del sol entre los labios nos hemos amado sin darnos cuenta, desde la intuición murmurada de la Naturaleza que respira oculta en las ocultas selvas del corazón.

Desterrada la palabra, el cuerpo ha inundado el espacio más allá de los espejos y el gesto correcto, de la perfección coloreada de carmín. Con pájaros en las manos, nos hemos reconocido por fin en un reencuentro de ojos cerrados hacia el epicentro de nuestro propio centro donde la libertad aletargada nos ha mostrado de nuevo el camino. Ese del que venimos pero en el que un día alguien cambió las señales de sitio.






martes, 6 de noviembre de 2012

Perder la fe



Cuando perdió la fe no supo donde mirar. Sintió ganas de bajar sus ojos al suelo hasta difuminar las baldosas en lágrimas y convertirlas en un charquito de templaza. No es que la chica hubiese dejado de creer en Dios, incluso había llegado un punto en que empezaba a invocar divinidades, se trataba de que había perdido toda credibilidad en quién hasta entonces más verdad había encerrado. Alguien humano, humanizado e idealizado, que sólo le había devuelto desesperanza.

Aquella revelación se pareció durante segundos al implacable estallido de cuervos en la noche, cuando se alejan gritando a las tinieblas en un estridente lamento forzado. Dejar de creer en quien tanto había amado le dolió más que muchas otras cosas que ya le habían destrozado, más que la condena de no mirar atrás, más que la decepción de la realidad, más que las grietas en los labios. Le dolió tanto que no supo donde mirar porque ni siquiera el suelo amparaba su llanto, ni el viento, ni el personaje mentiroso que la espiaba en la distancia como una sombra manchada de sal.

lunes, 22 de octubre de 2012

Personajes

Pinterest: Gerardo Mora
Detrás del personaje, el escenario se transforma en una caída libre de arrugas que entorpecen el corazón. Una voz enlatada, un juego de manos que sólo en el aire encuentran su espacio, un silencio, una reacción y el mundo a los pies como una marea nocturna que llega y se aleja hasta desvanecerse en la orilla infinita del otro lado del mundo.

Sobre los hombros, el conjuro invisible de la mentira de la capa y el sombrero que desnudan la realidad. Una verdad contaminada y permitida sólo bajo el resplandor del impenetrable foco. La ligereza y la contracción, el miedo, los pies temblando. El poder de quiénes nos somos ni nos atrevemos a ser. Un pozo coloreado de sombras.

En el pecho, un agujero limpio y perfecto que se deja atravesar por la luz suicida de la desnudez. Que se comprime y se agranda al ritmo de una música infantil que sólo el actor escucha, y tararea y baila, siempre en soledad. Como un ensayo de su vida, que maquilla e interpreta hasta convertirla en un cotidiano credo creíble.

Dentro del personaje, una espiral cuadrada, incompleta y diseñada para enterrar los precipicios, olvidar las montañas, volcar los océanos en botellas, y ayudar a escapar. Giros centesimales partidos hacia uno mismo, el personaje, la libertad, la vida distorsionada de lo que nunca será.

domingo, 7 de octubre de 2012

Yo, contigo



A mí me gusta la gente, aunque reconozco que no toda. Es más, creo que sólo me gusta alguna muy concreta pero cuando me gusta, me gusta de verdad. Tan de verdad que no sé si a veces me paso en el entusiasmo, si es que se puede pasar uno queriendo a alguien sin llegar a lo enfermizo.

A la vez me gusto yo misma. No me leáis mal, con esto me refiero a que me encanta la soledad y todo lo que ella me ofrece: los espacios en silencio, la reflexión, la escritura, los libros, la música, el sueño y todo cuánto estar sola te hace crecer. Sin embargo, yo sé que necesito del otro. Del amigo, el hermano, la prima, el conocido, la compañera o la persona fugaz que pasa por tu vida. 

Sola soy capaz de ver el mundo con una mirada amplia y una sonrisa contagiosa. 

Sola sé que puedo crear, inventar mis propios senderos, canturrear viejas canciones o llorar como un bebé. 

Sola existo, me miro el ombligo, levanto la vista para contar mi historia y si no tengo nadie delante el aire se convierte en un gélido hueco que tritura el sentido de mi sentido.

La anestesia del individualismo se me escurre rápidamente para recordarme que la vida sin otro escuece. Porque no quiero caer en la trampa del ir sólo a lo mío, buscar salvar mi pellejo, acumular céntimos antes que el que tengo enfrente, ladrar, morder y devorar, no quiero ir por libre. Me engancho a la libertad de ir todos a una, de reconocer en las manos del otro las mismas heridas que sentí yo en cualquier otro lugar del cuerpo. Quiero ser más de una, hasta dos, tres y un millón. Hasta la cifra quebrada que desbarate las cuentas y demuestre que en este mundo unidos giramos en la dirección correcta: en nuestra propia dirección.

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