No tiene que llegar agosto para tomar un descanso de nosotros mismos. De eso que somos y que no siempre es encantador. Aunque muchas veces lo seamos: encantadoramente encantadores, también somos más cosas que gustan días sí y días no, pero que son.
Si el verano se asocia a la desconexión, las vacaciones y dejar atrás la rutina laboral del año, yo propongo una retirada de nuestra identidad. ¡Llegamos a ser tan aburridos! tan nada que ver con lo demás... que estaría bien de repente ser lo contrario, lo que nunca somos no sabemos muy bien por qué.
Podemos cerrar los ojos, a la hora de la siesta, cuando el aire acondicionado se cuela en nuestro corazón con la intención de darnos un respiro y concentrarnos en esa arteria recién refrescada a ver que encontramos en ella. Estrenar un cuerpo nuevo, el mismo que ya tenemos pero utilizamos siempre del mismo lado. Darle la vuelta y transformarnos en la chica que aspiramos a ser mientras veíamos alguna película o bailábamos una canción en la adolescencia. Ponerle un nombre, comprar la ropa que llevaría, definir sus nuevos hobbies, recortar su peinado, vaciar su cabeza y llenarla de cosas bonitas. Y empezar a creernos, saltar y cambiar el ritmo, mover las caderas a lo hulla hop y descargarnos canciones que nunca hayamos escuchado.
Vamos a tomar vacaciones de quienes somos, para ser lo otro, quizás así atrapemos un trozo de libertad. Jugando, porque el verano es para eso.
Empiezo yo, con esta canción que nunca antes esuché.
lunes, 12 de agosto de 2013
viernes, 19 de julio de 2013
Sentir no es una palabra
Sentir no es una palabra. No se dice. No se sabe. Ni sirve pronunciar muy lentamente sus sílabas como si de este modo la vibración llegara mejor al otro y también pudiera estremecerse.
Vivir sintiendo es una riesgografía a la que yo me empeño en ponerle voz o transformarla en un discurso impecable que roce por dentro. Yo sé que no se puede, que los gestos, las canciones o los versos que a mí me diluyen en agua hasta convertirme en charquito son sólo míos y que, aunque me empeñe, nadie tiene acceso a ellos.
He pensando en esto antes, cuando leía uno de los últimos post de Dadanoias y me la imaginaba sentada en el suelo de su casa, bebiendo coca cola en un vaso con hielo y tecleando desde la intensidad de su erótica soledad. Derramándose en todas las letras con el anhelo de recibir una respuesta a este lado de la frecuencia que aliviara sus dedos dormidos y llegara como una caricia entre el pelo. Como el aliento suave de un cachorro temeroso.
Entonces he recordado cuántas veces me ha pasado también a mí sentir de esa manera, como si mi cuerpo fuera a romperse y mis venas estuvieran hechas de cristal, mis ojos de algas y mi saliva de sal. El aire se volviera arena en los dientes y faltara el oxígeno.
Cantar hasta vaciarme. Bailar hasta volverme invisible, ser una partitura torpe y desordenada que no puedo dejar de tararear. Sentir queriendo sentir y hacerlo sin quererlo con la melancolía de que nunca nadie podrá llegar al incierto mar que invade con su oleaje o mece en un lento vaivén.
A pesar de todo, me gusta ser de esta especie y que la vida me haga temblar cuando los que existen en mi sintonía aparecen, un día cualquiera de invierno, para deshacer las estaciones, inventar otra geografía y recuperar de nuevo el Norte.
domingo, 9 de junio de 2013
El mundo que no quiero
Moru vive en la cárcel de llamarse inmigrante, a pesar de que respira el aire de las calles y su celda no tiene barrotes. Su prisión es el color oscuro de su piel y un permiso de residencia que tras seis años en Granada, perseguido como ilegal, le llegó por fin a casa el 25 de mayo. Una tarjeta rígida y coloreada, una fotografía de rostro de ojos profundos y un error en la parte inferior de los datos que podía haber sido un nombre senegalés mal anotado, un apellido impronunciable o un mes de nacimiento mal interpretado. Sin embargo, el despiste del funcionario pasó precisamente por escribir mal la fecha de caducidad del permiso que finalizaba días previos al momento de recibirlo.
Moru, que se soñaba feliz con sus papeles en regla, llega hoy a visitarnos a casa abatido porque su permiso caducó tres días antes de ni siquiera tenerlo entre sus manos. De nuevo se convierte en una cifra incómoda para un país que encuentra los mejores mecanismos para "derrotar al enemigo" mientras seduce con un discurso edulcorado de igualdad y derechos para todos.
Moru no puede trabajar hasta que llegue otra vez a su buzón un nuevo sobre con papeles que lo aprueben como ciudadano aceptable y le permitan trabajar sin riesgo de ser multado o golpeado, en el peor de los casos, por los oficiales de turno.
Encontrarlo en el sofá del salón al llegar a casa y escuchar su historia en su español quebrado me remueve tantas injusticias internas que me entran ganas de llorar a su lado. Como él recuerdo a los saharauis: Mohammed, Hamudi, los niños, las mujeres, el equipo que nos desplazamos a los campamentos con cincuenta contenedores de medicamentos que el gobierno de Argel nos bloqueo en el aeropuerto y nunca llegaron a su destino. Vienen a mi mente los españoles de mi edad que se fueron al extranjero con la esperanza de encontrar la oportunidad que España decidió no concederle tampoco a ellos, después de años invirtiendo en formación, trabajando gratis y diseñando sus sueños en papeles coloreados que sólo sirvieron para la fantasia de una papiroflexia transformada en avión o barquito.
Viene a mi mente el documental 15M de mi amigo Rakesh Narwani sobre la movilización del 15M en Málaga y la cantidad de emociones que me removió el pasado viernes cuando vi su proyección en Granada. Otro mundo es posible y juntos se puede. Les guste más o menos a algunos el movimiento 15M transciende mucho más que la queja por la queja. Más allá de la demagogia o la distorsión ideológica, este movimiento supone una prueba abrumadora de unión entre la gente, organización pacífica y lo más importante: creación de conciencia. Por primera vez en mucho tiempo la gente ha salido de su individualismo para pensar de forma colectiva, para mirar los ojos del otro y verse reflejados en ellos, para reconocerse y hablar el mismo lenguaje, para la solidaridad. Y para mí, eso es más que suficiente. Sacudir el polvo de nuestra cabeza y desactivarnos del alineamiento del sistema me parece un primer paso hacia algo, hacia otro modo de hacer las cosas. Hacia un pensamiento crítico que debe traducirse en lo cotidiano.
Vivo la crisis como todos, con varios años ya de no tener para mantenerme, de buscar uno, dos, tres y mil recursos para conseguir lo que deseo: un trabajo digno en lo que se me da bien hacer y me apasiona, y aunque continúo en el camino cada día estoy un poco más cerca. No soy ilegal, pero podría serlo. Tengo una familia y una vivienda en la que morir, si llega el caso, pero podría no tenerla; y gente a mi alrededor que sin un segundo de planteamiento previo ofrece opciones para que yo siga adelante. Esa es mi riqueza.
La solidaridad supura en la piel de muchos, de cada vez más, y todavía me sorprenden los que nunca se estremecieron con estas realidades, los que no saben de sensibilidad. Para sentir el sentido del mundo, hay que reconocerse en el otro como a uno mismo, descubrir tu miedo en su mirada, notar escozor en tu piel, escuchar el grito ahogado del universo que nos levanta para no permitir ni una injusticia más.
Para eso es preciso levantarse del sillón, mancharse las manos de tierra, masticar la vida.
Para eso es preciso levantarse del sillón, mancharse las manos de tierra, masticar la vida.
Yo quiero cambiar este mundo y quiero que tú te vengas conmigo y la única manera que se me ocurre de hacerlo, además de practicar el amor, es contar lo incontable, acallado o inoportuno. No pienso dejar de escribir.
domingo, 2 de junio de 2013
Quedarse conmigo
El mar no lo escucha nadie. La gente lo busca como un sueño en el que reposar la cabeza y descansar de una vida gelatinosa que se le pega a la suela de los zapatos y le impide salir a correr. Creen que las olas pueden salvarlos, lanzarlos a una orilla desierta, sumergirlos en un sueño de sirenas, transformarlos en piratas perseguidores de Peter Pan, mecerlos como a bebés... Sin embargo, cuando llegan hasta su espuma muy pocos saben escucharlo.
Mi entrada de hoy tiene forma de oleaje. Una sucesión de olas que dedicó a quién de vez en cuando me gusta mandarle canciones. Hoy no será una canción, o no sólo. Hoy quiero dedicarle esta lista de emociones con palabras, secuencias, melodías y silencios colados entre líneas para regalar un trocito de amor. Un juego de domingo. Porque así es quedarse conmigo.
1. Un beso que deseo
Mi entrada de hoy tiene forma de oleaje. Una sucesión de olas que dedicó a quién de vez en cuando me gusta mandarle canciones. Hoy no será una canción, o no sólo. Hoy quiero dedicarle esta lista de emociones con palabras, secuencias, melodías y silencios colados entre líneas para regalar un trocito de amor. Un juego de domingo. Porque así es quedarse conmigo.
1. Un beso que deseo
2. Una aventura pendiente
3. Una chica a la que parecerse
4. Una canción para bailar
5. Un poema al oído
domingo, 26 de mayo de 2013
Estar sola no es de valientes
Esta mañana una señora cerca de los 70 años se ha acercado a la mesa de la terraza donde tomaba el desayuno para decirme sonriente que estaba asombrada de que fuera tan valiente.
¿Por qué, señora? le he preguntado, y me ha contestado que por desayunar sola. La mujer, no había visto hasta ese momento a mi acompañante, y me aseguraba que admiraba a las personas que se sentaban solas en cualquier lugar, a pesar de ser ella alguien solitario.Enseguida ha continuado su paseo para a pocos metros de mí, detenerse de nuevo con otra señora para acariciar a su perrito.
Nadie quiere estar solo a pesar de que cada vez que miro a mi alrededor encuentro a más personas acompañadas que caminan con una mirada indefinida al horizonte en la que sólo se vislumbra nostalgia. Nostalgia seguramente no se sabe de qué. A veces resulta que lo que menos importa es el estado en el que uno está porque los humanos tenemos esa tendencia extraña a la insatisfacción que nos hace vivir con la sensación de que nunca nada es suficiente y lo que no tenemos es justo lo que más necesitamos. O eso nos da por creer.
El otro día le decía a mi hermana que cada vez entiendo menos el amor y que tal como siento y me muevo por el mundo, creo que nunca podré tener pareja, porque todo empieza y se acaba y porque son muy pocos los ejemplos que tengo de felicidad. Se lo contaba mientras le decía que el problema no era ese, sino yo misma, mi personalidad precisamente inconformista, mi necesidad de cosas nuevas, mi impaciencia y atracción por los cambios, mis ansias de inmediatez y libertad, mi estar en la vida de un modo en el que la rutina o la estabilidad en lugar de tranquilizarme, me pone un poco nerviosa. Ella intentaba dar luz a esta perspectiva oscura sobre las relaciones y me daba la esperanza, (por llamarlo de alguna manera) de que sólo se trataba de encontrar a la persona que fuera capaz de ofrecerme todo eso. Alguien activo, inquieto, aventurero, apasionado...
Tal vez esa sea la clave, o de asumir que estar sola no es de ser valientes, como relataba la simpática señora, sino de una elección más nada que ver con lo establecido. Estar en compañía no es garantía de nada, como tampoco lo es estar en soledad. En cualquier caso, está claro que no nos enseñaron a afrontar este tipo de cosas y que la felicidad posiblemente se encuentre dentro de nosotros, en algún hueco del corazón al que no le hacemos mucho caso. Ese momento de parase a escuchar lo que sentimos y es lo mejor para nosotros. El ruido de fuera nos hace sordos a nosotros mismos porque escuchar casi siempre, resulta demasiado duro.
A mí me gusta estar sola, tanto como estar en compañía pero no puedo asegurar cómo de las dos maneras me siento más feliz. La vida es un dilema, qué le vamos a hacer, así que yo me dedico a bailar mientras tanto.
¿Por qué, señora? le he preguntado, y me ha contestado que por desayunar sola. La mujer, no había visto hasta ese momento a mi acompañante, y me aseguraba que admiraba a las personas que se sentaban solas en cualquier lugar, a pesar de ser ella alguien solitario.Enseguida ha continuado su paseo para a pocos metros de mí, detenerse de nuevo con otra señora para acariciar a su perrito.
Nadie quiere estar solo a pesar de que cada vez que miro a mi alrededor encuentro a más personas acompañadas que caminan con una mirada indefinida al horizonte en la que sólo se vislumbra nostalgia. Nostalgia seguramente no se sabe de qué. A veces resulta que lo que menos importa es el estado en el que uno está porque los humanos tenemos esa tendencia extraña a la insatisfacción que nos hace vivir con la sensación de que nunca nada es suficiente y lo que no tenemos es justo lo que más necesitamos. O eso nos da por creer.
El otro día le decía a mi hermana que cada vez entiendo menos el amor y que tal como siento y me muevo por el mundo, creo que nunca podré tener pareja, porque todo empieza y se acaba y porque son muy pocos los ejemplos que tengo de felicidad. Se lo contaba mientras le decía que el problema no era ese, sino yo misma, mi personalidad precisamente inconformista, mi necesidad de cosas nuevas, mi impaciencia y atracción por los cambios, mis ansias de inmediatez y libertad, mi estar en la vida de un modo en el que la rutina o la estabilidad en lugar de tranquilizarme, me pone un poco nerviosa. Ella intentaba dar luz a esta perspectiva oscura sobre las relaciones y me daba la esperanza, (por llamarlo de alguna manera) de que sólo se trataba de encontrar a la persona que fuera capaz de ofrecerme todo eso. Alguien activo, inquieto, aventurero, apasionado...
Tal vez esa sea la clave, o de asumir que estar sola no es de ser valientes, como relataba la simpática señora, sino de una elección más nada que ver con lo establecido. Estar en compañía no es garantía de nada, como tampoco lo es estar en soledad. En cualquier caso, está claro que no nos enseñaron a afrontar este tipo de cosas y que la felicidad posiblemente se encuentre dentro de nosotros, en algún hueco del corazón al que no le hacemos mucho caso. Ese momento de parase a escuchar lo que sentimos y es lo mejor para nosotros. El ruido de fuera nos hace sordos a nosotros mismos porque escuchar casi siempre, resulta demasiado duro.
A mí me gusta estar sola, tanto como estar en compañía pero no puedo asegurar cómo de las dos maneras me siento más feliz. La vida es un dilema, qué le vamos a hacer, así que yo me dedico a bailar mientras tanto.
domingo, 12 de mayo de 2013
27 horas
En 27 horas puedes enamorarte y en 29 también, casi con la
misma facilidad que desenamorarte. No exactamente igual porque el amor cuando
llega arrasa y es muy difícil ponerse a salvo, sobre todo de algo que te hace
sentir lo que nada más puede hacerte sentir, ni siquiera eso que tanto te gusta
como el helado de galletas oreo o las fresas con nata.
27 horas pueden convertirte en la protagonista de una
película increíblemente romántica tan difícil de creer que en milésimas de
segundo no puedes creértelo y decides muy a conciencia que desde ese momento ya
no vas a querer más, como si se pudiera decidir tranquilamente, mientras te
fumas un cigarro lo que vas a sentir por dentro en una planificación exacta de
lo más conveniente para todos. Para nadie en realidad.
Cuando un tiempo comprimido y estirado como 27 horas pueden
recordarse como la verdad más auténtica del mundo o como la mentira mejor
diseñada, la alegría y la tristeza se convierten en un líquido denso que se
mezcla con la sangre y te hacen caminar de una manera muy rara, como un títere al que
le tiemblan las piernas y titubea en su pequeño escenario.
De todos modos, tener una especie de guión para escribir en
formato de corto cinematográfico tiene mucho encanto porque puedes lanzar un
estreno super original o incluso inspirarte en los films que otros escribieron
y que te hubiera encantado escribir a ti. Una libertad de ciencia ficción con
la que inventar tu propia historia en tonos violeta y planos cortos, tan cortos
como el amor. Al fin al cabo, puede ser un privilegio,según decidas mirarlo con los ojos todo lo abiertos que eres capaz y el corazón todo lo abierto que eres capaz. Lo malo es cuando piensas que muy capaz no eres. Haber aprendido a comerte una cereza al cien por cien como metáfora de que lo más interesante de vivir es conseguirlo al cien por cien, hace que ya no haya marcha atrás porque todas las palabras y silencios que te componen se transforman en un cien por cien casi insultante.
Y así se intenta seguir caminando, con un montón de ecuaciones en la cabeza a las que no hacer demasiado caso y una canción para tararear incansablemente en voz alta o bajita depende del calor que ese día consiga sentir la piel.
jueves, 11 de abril de 2013
Ser Marta sin ser Marta
Marta me inspira un discurso políticamente incorrecto que nunca me atrevo a escribir yo. Pone palabras, imágenes y siluetas prohibidas a textos que me encandilan y en los que inevitablemente también yo me reconozco hasta hacerme dudar de si mi nombre no será también Marta.
La leo desde hace años cuando nos sumergimos a la vez en la blogosfera, yo en forma de blogger desapercibida que contaba mi día a día sin demasiado pudor, ella apuntando maneras hacia la creación de una marca personal que le ha salido de maravilla. Dadanoias es una visión del mundo femenina, sensual, artística, divertida, y tierna de la que yo continúo enganchada.
Me gusta que se atreva como si me atreviese yo. Su lado exhibicionista, su vulnerabilidad y provocación, su universo en voz alta con letras, canciones e imágenes de un cuerpo frágil y perfecto que no teme mostrar.
Marta es Marta y no es que Sandra quiera ser ella, pero cada vez que nos cruzamos por las plazas de nuestro mapa virtual se me escapa un suspiro extraño desde el que siento como si la conociera. Desde el que me gustaría acercarme a escuchar a voz que imagino cuando leo post como Never Never y me dan ganas de comprarle piruletas en forma de corazón para enviárselas en una caja sorpresa.
Hoy quería dedicar mi artículo a ella y a las formas raras de su tristeza que tantas veces se ha parecido a la mía. Arrancarle una pequeña sonrisa que le haga recordar que la pena puede ser elástica como un chicle, que acaba por no saber a nada y distraer nuestro corazón hacia recintos nuevos en los que un día nos sorprendemos respirando con la mirada puesta en un paisaje inesperado del que, sin habernos dado cuenta, ya formamos parte.
Marta vestida de Kahlo, se sienta conmigo en el banco de cualquier parque urbano por el que la gente pasa sin mirar. Y tarareamos la canción de una vida galáctica con órbitas invisibles que nos teletransportan y nos transforman en alienígenas inconscientes y absurdos dispuestos a cambiar las leyes de la gravedad.
La leo desde hace años cuando nos sumergimos a la vez en la blogosfera, yo en forma de blogger desapercibida que contaba mi día a día sin demasiado pudor, ella apuntando maneras hacia la creación de una marca personal que le ha salido de maravilla. Dadanoias es una visión del mundo femenina, sensual, artística, divertida, y tierna de la que yo continúo enganchada.
Me gusta que se atreva como si me atreviese yo. Su lado exhibicionista, su vulnerabilidad y provocación, su universo en voz alta con letras, canciones e imágenes de un cuerpo frágil y perfecto que no teme mostrar.
Marta es Marta y no es que Sandra quiera ser ella, pero cada vez que nos cruzamos por las plazas de nuestro mapa virtual se me escapa un suspiro extraño desde el que siento como si la conociera. Desde el que me gustaría acercarme a escuchar a voz que imagino cuando leo post como Never Never y me dan ganas de comprarle piruletas en forma de corazón para enviárselas en una caja sorpresa.
Hoy quería dedicar mi artículo a ella y a las formas raras de su tristeza que tantas veces se ha parecido a la mía. Arrancarle una pequeña sonrisa que le haga recordar que la pena puede ser elástica como un chicle, que acaba por no saber a nada y distraer nuestro corazón hacia recintos nuevos en los que un día nos sorprendemos respirando con la mirada puesta en un paisaje inesperado del que, sin habernos dado cuenta, ya formamos parte.
Marta vestida de Kahlo, se sienta conmigo en el banco de cualquier parque urbano por el que la gente pasa sin mirar. Y tarareamos la canción de una vida galáctica con órbitas invisibles que nos teletransportan y nos transforman en alienígenas inconscientes y absurdos dispuestos a cambiar las leyes de la gravedad.
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