domingo, 31 de marzo de 2013

Que la vida no iba en serio...

Que la vida iba en serio... decía Gil de Biedma en algún inesperado momento en el que su rutina lo azotó hacia un trascendente pensamiento circular parecido a un charco de alquitrán.

Posiblemente habría terminado de encender un cigarro y de percatarse, en un difuminado segundo de realidad, de que ese zumbido inapreciable de su garganta se trataba de una vida que iba en serio y que le impedía respirar, más allá del efímero humo de su tabaco.

Así me lo imagino yo, al menos, con un gesto concentrado y triste de bolígrafo gastado y papel en el que dejar plasmada esa amargura que no se parecía a ninguna letra del alfabeto.

Gil de Biedma me balancea, todavía muchos años después de aquellos versos que arrasaban mis veinte años y estiraban la retina de mis ojos hacia paisajes inexplorados: azules, verdosos y de muchas formas geométricas. Claro que la vida iba en serio.

Hoy vuelvo a este poeta porque hace poco recordé el poema y pensé que vivir no podía tener tanta importancia y que la actitud trágica en la que nos movemos no podía ser más que una trampa. Pensaba que tal vez si cambiábamos algunas piezas y el puzzle lo transformábamos en juego, la vida no podía ir tan en serio y los rostros estirados y apagados que inundan todos los espejos podrían relajarse y convertir cada mañana en una función distinta alejada de dramatismos.

Porque todo es efímero, de nada sirve engrandecer lo pequeño hasta invocar a un ejército de monstruos que vengan a robarnos el aliento. Hay momentos en los que pienso que cualquier día me muero. Mañana, por ejemplo. No me gustaría hacerlo con la pesada carga de habérmelo creído todo y el profundo dolor de haber sido parte de una sociedad intoxicada de miedo.

No voy a morirme mañana, pero por si acaso de rato en rato, elijo contradecir al poeta y retarlo a la sonrisa de una vida en la que no todo es tan serio.


domingo, 17 de febrero de 2013

La ideología de la imaginación

Si tengo que reconocer que mi modo de pesar se parece a un anuncio de aerolíneas argentinas, no me importa asentir con la cabeza y rendirme. Y si además debo confesar mi enamoramiento por Rodrigo Noya quien supo seducirme en El sueño de Valentín hace unos cuantos años, lo haré sin ruborizarme. Si tengo un hijo alguna vez será como Valentín o Anand y en cualquier caso, espero que se parezca a su padre :P

Y vosotros, ¿sois capaces de guardar un avión en una caja de zapatos?



sábado, 2 de febrero de 2013

La imposibilidad de los vacíos vacíos

pinterest (Karen Lawhorne)
Hay vacíos que no se llenan con nada, por eso lo más importante es darse cuenta cuanto antes. Si lo descubres a tiempo, se ahorra mucha energía en esfuerzos en vano por intentar llenar o que te llenen cosas o personas que jamás lo harán porque los vacíos vacíos dejan descosidos los tejidos internos sin posibilidad de reparación. 

Una vez que localizas esos huecos que a veces son circulares pero otras no, y toman forma de hexágono o de manchas angulosas y elásticas con la propiedad de crecer, el dolor no desaparece y ni siquiera llega a encoger pero el entendimiento se queda anestesiado y no busca ya la razón, porque la tiene. "Los vacíos vacíos se produjeron en el pasado y ya nada ni nadie del presente tiene la capacidad de llenarlos. Ni siquiera tú misma" Y así es. La razón se resigna a lo imposible, ni se resiste, ni pierde un segundo más.

El dolor, sin embargo, pervive eternamente de fondo, como un dolor de muelas amortiguado que por largos momentos olvidas pero que en el instante menos pensado se agudiza, se inflama y en pequeños momentos se vuelve insoportable.

Cuando eso ocurre, lo mejor es bailar bailar bailar, como dice Murakami, y si no puedes hacerlo buscar una habitación en la que desatar tu propia guerra, alinear a tu enemigo, reivindicar justica y brindar la paz.

Aunque vaciarse de los vacíos es una ilusión, importa dejarlos limpios, ordenados y sin polvo. Saberse por dentro aproxima a la serenidad a pesar de que la danza algunos días se vuelva tan triste como un andén congelado de ausencias.

domingo, 13 de enero de 2013

Sobre gritos y agujeros negros

Un agujero negro es una oportunidad, porque las oportunidades si pudiesen dibujarse serían redondas e infinitas como cualquier vórtice espacial. Así me divierte imaginarlas a mí.
Los días de gritos en las colinas en los que mi cabeza puede escuchar palabras que vienen de lejos como ecos sordos en las sienes me gusta pensar en las oportunidades. Las que nunca tuve pero podré tener o las que ahora mismo tengo, a pesar de esos ecos roncos distorsionados que algunos días quedan atrapados en mi cerebro.

Los ecos tienen forma de pájaro blanco: podrían ser mariposas angulosas o albatros; gaviotas o luciérnagas en la oscuridad. Aparecen para contar historias, relatos de un pasado inventado o melodramas románticos de un presente irreal. Susurran al oído, chillan hasta el dolor, derraman despacio versos antiguos sin sonido como palabras pronunciadas bajo el agua; relatan, recrean, mienten y yo los escucho como una radio mal sintonizada que empaña la quietud del espacio.

Ocurre en días agujereados por los que se cuelan los gritos, las palabras, los cuentos que se deslizaron para girar en tiovivo hasta marear.

Es en esas horas cuando me siento a dibujar: coloreo mandalas, hago listas de personas y construyo agujeros negros a mi alrededor. Toco los bordes, acerco el aliento y salto porque yo sé que en los agujeros negros están los muertos que vivieron la vida como una oportunidad.


lunes, 24 de diciembre de 2012

Amante es el que ama

Pinterest
Las personas están hechas de personas y ahora que a final de año parece inevitable no echar la vista atrás para ver qué fue de nosotros durante estos doce meses, sonrío al mirar entre mis huesos y encontrar, repartidos por mi interior, a un montón de gente sin la que, sin duda alguna, no habría podido sobrevivir a este año de mareas (y mareos).

El amor, del que tanto me gusta hablar, nos lo enseñan mal. Como tantas otras cosas. Se olvidan de contarnos que el amor no es cosa de una persona, ni siquiera de dos, si no de muchos nombres propios que pasan por tu vida de manera fugaz para enseñarte o para tomarte el brazo y no soltarte en mucho tiempo. Viene de fuera, de los que te quieren de forma espontánea, de los que aprenden a quererte y también de los que no saben cómo hacerlo. Llega de mil lugares para sostenerte: de la tierra, de la luz, de lo invisible y de lo más inapreciable que tenemos dentro.

En un año de desamor, de bombardeos internos, sabotajes, violaciones, verdades inconcebibles y mapas falsos, puedo decir que despido diciembre con la sensación de haberme sentido amada hasta límites que nunca se me habrían ocurrido. Sobrevivo a un naufragio en el que encontré no sólo troncos a los que agarrarme, no sólo botes salvavidas, sino buques, yates, helicópteros y submarinos dispuestos a sacar el salitre que me ahogaba y mostrarme el azul del cielo que se abría ante mí.

En estos doces meses he crecido cien años y porque no lo he hecho sola y son muchos los que me han salvado, quiero dar las gracias. En público, sí, porque lo merecen y porque toda historia de amor debe ser contada siempre.

Mis amantes de 2012: Mi familia, Maite, Inma, Celia y su madre, Pepe López, Marina, Teresa, Vero, Anand, Suresh, Graci, Cris, María, Álvaro, Raúl, Ana, Daniel, María y Lucía Miret, Pepe Madariaga, Tucho, Alba, Sergi, Davide, Manuela, Carolina, Blanca, Enka, Javi, Rebeca, María José, Lucía, Javier, Pepe Torres, Armando, Rocío, Maribel, y muchos otros nombres que en algún momento podrán ser pronunciados.

Feliz todo, ni Navidad ni fechas concretas. Feliz cada día.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Anand, el nombre de la alegría

La alegría está en Anand como la luz está en el sol y la luna redonda acurrucada en su ombligo. La galaxia de su cuerpo de dos años revoluciona las dimensiones de quien se acerca a él y la vida se comprime entonces en un gesto al aire o una palabra pronunciada con cetas: "Zanda, que bonita erez", entonces sólo en sus ojos sabes que eres bonita.

Anand robó mi corazón en la primavera del año de la desesperanza y los vagones vacíos. En los meses de adultos intoxicados que cegados por el miedo deambulaban por los caminos en búsqueda de venganza, ajenos a la existencia de Anand y su dicha.

Contar que este niño existe es un canto a la esperanza, la espontaneidad y al amor más redondo y perfecto que nadie nunca inventó. Porque el amor así no se inventa, existe y Anand lo lleva entre sus pestañas para volcarlo en los pliegues de tu piel solo con una mirada.

Zanda, que ahora, a sus casi tres años se pronuncia Sanrra, es la parte más hermosa que en realidad Sandra tenía dentro. Las nuevas caras del prisma que me configuran quien soy y había dejado abandonadas en mi nombre. Esas otras personas que sólo Anand se atrevió a pronunciar para otorgarles la vida que les faltaba.

Soy Sandra que, de la mano de Zanda, Sanrra y cuantas personas más él quiera colorearme, sonríe ante los camiones de la basura y los coches rojos, mueve los brazos de su sombra por si de repente la de Anand se agarra de mi mano en la siguiente esquina y alza la vista a los árboles cuando el viento llega para hacerlos bailar. Porque el universo de Anand se abrazó a las espirales de mi mundo antiguo para no dejarlo morirse nunca, para recordarme, en los días tristes como los de hoy,  que dentro de mí también está la dicha y que nuestra distancia de carreteras rectas y amplias sólo necesita de un barquito de cáscara de nuez para hacerla pequeñita.

Y de nuevo los días sean posibles y los kilómetros tan sólo números de plastilina con los que sumar.




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