viernes, 27 de julio de 2012

Madrid


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Algunas ciudades te hablan entre el sordo estruendo de las ambulancias y la invisible inercia de la rutina. Mencionan palabras entristecidas que se durmieron porque apenas nadie las pronunció. Te desvelan porqués antiguos de la guerra, letanías de las iglesias, algún beso que otro, fugaz, lanzado con la esperanza de que la esperanza se gire un día sorprendida y empiece a creer en ellas. Así me habla Madrid desde sus cúpulas pesadas que me divisan pequeña como una hormiga que crea caminos de arena en el sentido contrario al reloj. Un reloj que marca la una, las dos, la una, las dos y sucede los días en un calendario en forma de gotas de lluvia y tormentas atrasadas.

Amo Madrid desde antes del tiempo oscuro de los volcanes internos y las mareas de espuma en los ojos. Antes de saber que Madrid podría también amarme a través del viento tembloroso de sus parques o las expresiones vacías en el metro. Me amó sin saber exactamente cómo, igual que hice yo con la torpeza del entusiasmo infantil y la ternura de la experta inexperiencia. Ahora que me marcho de ella, que tengo que olvidar la historia imposible que soñé vivir aquí, es cierto que lloro, a cada rato, en cada calle, mientras siento que debo marcharme del lugar en el que más desee estar.

Pero no es la ciudad con su formidable color gris y blanco, con sus urgentes sirenas y su asfalto. No es sólo el matiz de la luz cuando atardece y la mediocridad se vuelve un horizonte templado en el que reposar. No es su miedo junto al mío, ni su futuro enredado en el perímetro de mi corazón. No sólo su vida y su estallido, sino la figura perfecta y cálida que fue su nombre propio. Ese Madrid deletreado en manos claras y concretas, en ojos azules de mar, en pieles tiernas y morenas, en abrazos infinitos en forma de canción. Eso y tanto otro que no acabe en las palabras y se derrama, se derrama.

Decir adiós con las manos abiertas a la vida, vaciar los bolsillos y cambiar las letras de sitio con el propósito de descubrir el único alfabeto inventado para estrenar la nueva historia de mi felicidad.  

sábado, 14 de julio de 2012

Tiempo de sombras

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Cuando salió a la avenida nadie le avisó de que llovía con la suavidad redonda de las caricias. Y aunque no le importó demasiado recordó su paraguas gris que le hubiera albergado de la humedad triste del asfalto que siempre le helaba las manos y hacía cosquillas en las mejillas. 

Extendió al cuerpo y reconoció a su sombra en los escaparates de todas las tiendas, que la esperaban tranquilas entretenidas en diversas tareas realizadas con descuido. Algunas hacían muecas tras los cristales riéndose de sí mismas, mientras otras se agazapaban en el suelo haciéndose las dormidas, otras leían los relatos cortos de Cortázar o enviaban mensajes por móvil a la sombra que nunca serían.

La chica sonrío sin levantar la vista, inventando una torpeza de no haberlas reconocido y cuando se dispuso a pasar de largo entre el último rumor de la lluvia, sus sombras, todas en una, reaccionaron, temerosas de perder a la sangre y la piel que les daba vida. Escaparon de un salto de los edificios hasta llegar a su dueña impacientes por el abrazo que les devolvería al color. Por la espalda la asaltaron, en la última esquina, y con un tirón de pelo la reclamaron cantando su canción favorita. La chica concluyó el juego en un giro en espiral, un gesto involuntario y preciso que ahuyentó el temor de la tormenta y derramó de nuevo la claridad sobre las baldosas.

miércoles, 11 de julio de 2012

Viento en la ciudad

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Al viento hoy le ha dado igual mi tristeza, como al resto de los árboles y al mundo, que han seguido su ritmo sin percatarse de mi existencia. Casi me ha dado igual a mí también, que por un momento me he vuelto aire y hoja inquieta en las altas ramas verdes del parque.

Vivir en la nada es estar en el centro de una esfera de cristal que sólo guarda una partícula de oxígeno y respirarla una y otra vez con la magia de la eternidad que la vuelve única y completa. Dios debe parecerse a eso, a la sensación del viento. Ligero, sonoro, largo y vacío. Un remolino en el pelo cargado de templanza y paz. Inexistir en esta existencia.

miércoles, 4 de julio de 2012

Tener dos años para cambiar el mundo

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Si volviera a tener dos años llegaría a un importante pacto con los seres pequeños que dan cuerda al planeta y les prometería raciones diarias de piruletas y una burbuja espacial para atravesar el universo. A cambio les pediría la detención del tiempo. Una hora elástica en la que vivir eternamente en la que todos y todas nunca cumpliéramos más años que tres. Uno para sentir el mundo, dos para descubrirlo y tres para vivirlo.

Abrir los ojos al polvo dorado de la mañana y sólo pensar en respirar. Inhalar, exhalar... desde el vientre hasta el cielo sin prisa ni conciencia con el lento latir de los latidos. Sentirse sentido único, ser de oxígeno y organismo: temperatura, flujo, huesos y voz. Tocar el mundo, mojar en un charco el pie derecho y luego el izquierdo, hablar con las ranas y cantar.

Con mis dos años demostraría que el ansiado mundo distinto es posible y desvelaría el secreto de la fe. Sólo una varita mágica dibujada y los adultos se convertirían en niños retornando al origen del ser. Porque ya nadie recuerda quiénes fuimos y los que lo intentan viven condenados a una indescriptible soledad, melancolía de los cachorros que fuimos, felices, libres, auténticos.

domingo, 1 de julio de 2012

Ventanas

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Lo que busco es una ventana, más allá de los pasadizos ocultos y los misterios colgados del techo. Yo quiero un cristal transparente y abierto desde el que vislumbrar a los paracaidistas a lo lejos que en lento zig zag descienden como libélulas despistadas en busca de la partícula de aire sobre la que reposar.

No quiero ladrillos ni tapias, ni chimeneas que lanzan los sueños al cielo o bohardillas que negocian con la lluvia. Lo que busco es una ventana blanca que muestre senderos de nieve y raíces, el rumor del olvido, la esperanza y la inocencia maltratada. En los parpados que duermen y los dedos cerrados, en la saliva y el temblor reprimido del corazón. Horizontes azules, ventanas.

lunes, 25 de junio de 2012

La verdad escondida en el centro del corazón

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Tal vez sea tiempo de uno, de cómodos recovecos en los que tenderse con las entrañas en las manos a mirar al cielo. Tiempo de elefantes que se alejan con su arrastrado caminar pesado hacia el claro más helado del bosque para tumbarse y morir. Días de fósiles en el suelo, de océanos comprimidos en el ombligo y tierra en el paladar. Han llegado las horas herméticas del pensamiento, de la mirada oblicua hacia el corazón y la forma que tenemos por dentro.

Tal vez la vida nos salve de abismos circulares, del miedo encalado en la pared y las máscaras de media sonrisa. Que los caminos se desdibujen y creen senderos más rectos aunque para ello haya que buscar nuevas brújulas y rehacer el equipaje. La vida nos salva a veces y nos conduce al único trazo auténtico: el que nos desvela el sonido inapreciable de nuestra identidad y nos exige reconocernos. Escucharnos, mirarnos, rescatarnos y amarnos de una vez por todas y para siempre hasta el átomo más oscuro de nuestro ser que palpita y grita desde el inicio de los tiempos. Sólo entonces vendrá el tiempo de otros, cuando uno sea uno sin egoísmo ni vanidades, sin más sentido que el valor ancestral del amor. Entonces habrá hueco.

domingo, 10 de junio de 2012

Rescatada por el europríncipe azul

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Que te digan que van a rescatarte suena muy romántico, no me digáis que no. ¿O acaso lo primero que se os viene a la mente cuando escucháis este concepto no es un intrépido héroe a caballo blanco dispuesto a salvar de las llamas a la hermosa doncella que grita desde su almena? A lo mejor sólo soy yo que con mi imaginación se me va la olla. El caso es que me temo que desde este fin de semana la palabra rescate vendrá asociada a un sinfín de matices confusos nada que ver con los finales felices de los cuentos. Los de "y fueron felices y comieron perdices", aunque perdices algunos sí comerán, de eso no cabe duda. Ya me imagino a unos cuantos magnates de la banca desatando su furia roja en la Eurocopa mientras brindan y eructan elegantemente por la inyección de euros que van a recibir.

Yo que de Economía entiendo lo justo, comprendo do lo suficiente para saber la estafa retroalimentada a la que estamos sometidos con el tema de la banca, las finanzas, el rescate y alguna palabra mal sonante que lucho por retener. Pero claro, es lo que tenemos si queremos vivir así, en un sistema neoliberal donde lo único que importa es consumir consumir consumir sin que ni siquiera importe si tienes dinero o no. Los bancos especulan, gastan el dinero que no tienen, dejan de poner en circulación crédito y como resultado en vez de pedir responsabilidades, sancionar y hacer justicia, se les premia rescatándolos de su catástrofe con la redonda cifra de 100.000 millones "en condiciones muy favorables". ¿Cuánto dinero era el que hacía falta para acabar con los niños españoles que viven en el umbral de la pobreza?

Si hubiese que nombrar a la número uno en incapacidad de comprensión numérica, levantaría la mano sin pudor, mis dificultades con el cálculo las tengo asumidas desde hace tiempo. Porque al final las cifras son lo de menos, pues se convierten en cantidades incalculables que se terminan por verse como un monstruo abominable imposible de controlar. No hace falta ser experto económico para entender de justicia, irresponsabilidad y tiranía. 

Para saber que la historia se prolonga por los siglos de los siglos y mientras los ricos siguen con su despotismo haciendo lo imposible por ser más ricos, los pobres continúan deslizándose hacia una pobreza evitable coloreada de eufemismos. Si queremos capitalismo, esto es el capitalismo.

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